martes, 26 de abril de 2016

Crítica a los ciclos literarios

En 2015 Griselda García, mi querida poeta, crítica y tallerista, tuvo el tupé de opinar sobre los ciclos literarios, esos donde los poetas recitan para otros poetas, donde los egos compiten disfrazados de «fantástico tu poema, me conmueve», donde el público asiente con la cabeza a poemas que no entiende, donde la rima y el metro compiten ferozmente con el verso libre... Este año, ese comentario en una nota de La Nación volvió a circular y hubo muchos ofendidos.

He asistido con personas ajenas al ámbito a los ciclos a los que concurro. Todos quedan sorprendidos por ese tono monocorde con que muchos leen. Por lo herméticos que son algunos poemas. Por lo poco que se piensa en el público. ¿Acaso lo hay si los que están solo piensan, durante la lectura ajena, en qué van a leer?

No todos los ciclos son así, claro está. El de Pretextas es, para mí, el mejor que he conocido, pero no es el único seguramente. Poetas como Verónica Peñaloza, Jorge Estrella, Máximo Ballester, el Teuco han sido algunas excepciones, que juegan con el público, se salen del libreto, recitan como los dioses. (En presente porque Jorge Estrella sigue presente).

Sin embargo, la crítica de Gri es acertada, aunque muchos ya vayan a por su yugular. ¿Recitamos para el público o para nosotros mismos? ¿Dominamos la expresión oral y corporal para presentar nuestros poemas en público? ¿Entendemos que, de alguna manera, al leer en un ciclo dejamos de estar en la intimidad del hogar para formar parte de un espectáculo?

Algo así criticaba hace unos años, con motivo del Día de la Poesía, el poeta Valerio Cruciani en una lúcida reflexión sobre el género. Algo así criticó también Taylor Mali en su famoso poema «Yo creo que podría ser poeta» y que Poesía Estéreo versionó. Esta mirada, entonces, no es nueva.

Nuevo sería pensar qué estamos haciendo con la poesía. O, mejor dicho, qué estamos haciéndole.

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