miércoles, 16 de septiembre de 2015

Olor a infancia



Esta mañana pasé por una casa en cuyo frente había una gran enredadera florecida. Las pequeñas flores blancas me llevaron a un tiempo anciano, en el que yo tenía unos seis o siete años y jugaba en el patio de mi abuela paterna. Allí también había una enredadera con flores de aroma intenso, no sé si las mismas, pero al menos muy parecidas. Me pasó lo que a Proust con su magdalena.

«Y desde que reconocí el gusto del trocito de magdalena mojada en la tila que me daba mi tía (aunque todavía no supiera y debiera dejar para más tarde el descubrir por qué ese recuerdo me hacía feliz), en seguida la vieja casa gris, donde estaba su habitación , vino como un decorado teatral a añadirse al pequeño pabellón que estaba sobre el jardín (...)».

La infancia es un ovillo que dejamos en una habitación lejana. La punta del ovillo suele ser un olor, un sabor, que llega de manera inesperada. En la nouvelle La muerte de Iván Ilich, el agonizante Iván recuerda, en su lecho, aquellas ciruelas pasas que le daban de niño, ese sabor particular, el jugo abundante. Tal recuerdo le permite reconocer, con inmenso dolor, la ingenuidad y la frescura perdidas de su niñez, momento en el que todavía no había cedido a las presiones de la sociedad, al decoroso comme-il-faut.

Pero los primeros aromas no son felices para todos. Acaso no haya mayor hostilidad olfativa que la que recibió al nacer Jean-Baptiste Grenouille, el asesino creado por el escritor alemán Patrick Süskind. El pobre nació a la intemperie, en una calle de París, en medio de la suciedad, entre pescados putrefactos, de una madre filicida que pensaba abandonarlo a su suerte. Y él mismo nació, —pobre, pobre hombre— privado del aroma acaramelado de los bebés, que, según la nodriza Jeannie Bussie, hace que los amemos:

«"(...) Father, you know what I mean? Their feet, for instance, they smell like a smooth, warm stone-or no, more like curds… or like butter, like fresh butter, that’s it exactly. They smell like fresh butter. And their bodies smell like… like a griddle cake that’s been soaked in milk. And their heads, up on top, at the back of the head, where the hair makes a cowlick, there, see where I mean, Father, there where you’ve got nothing left…” And she tapped the bald spot on the head of the monk, who, struck speechless for a moment by this flood of detailed inanity, had obediently bent his head down. “There, right there, is where they smell best of all. It Patrick Suskind: «Perfume. The story of a murderer» 7 smells like caramel, it smells so sweet, so wonderful, Father, you have no idea! Once you’ve smelled them there, you love them whether they’re your own or somebody else’s. And that’s how little children have to smell-and no other way».


Pienso en aromas posteriores, en otras improntas olfativas, más allá de la infancia, y me pregunto a qué huele el amor. ¿Olerá del mismo modo el amor el contrariado que el correspondido? El narrador de El amor en los tiempos del cólera, en ese famosísimo comienzo de novela, huele el cianuro y lo asocia indefectiblemente al mal de amores:
«Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados».
Gabriel García Márquez,  El amor en los tiempos del cólera.


El olor activa el recuerdo, abre cajones donde guardamos el pasado, feliz para algunos, desgraciado para otros. Y no nos pide permiso. Llega y nos deja tambaleantes, como a mí esta mañana previa a la primavera, frente a esa reja tapada por flores blancas y recuerdos de infancia.

A modo de cierre olfativo, permítaseme citar estos versos, escritos por la nariz enamorada y primaveral de Juan Ramón Jiménez:


XX
Eva
I
¡La primavera, placer!
—Flores, flores, flores, flores—.
Sobre todos los olores,
¡qué inmenso el tuyo, mujer!

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