jueves, 17 de septiembre de 2015

Hay que intentarlo

Hoy, en la estación Carlos Gardel del subte, me llamó la atención un hombre de unos sesenta y pico de años, jovial, de jean y zapatillas, que miraba con atención el andén de enfrente. Había allí una muchachita que cantaba tangos. Cantaba es una manera generosa de decirlo, ya que desafinaba.

Finalmente, no pude controlarlo: largué la carcajada y busqué en el hombre cierta complicidad. El hombre miraba a la muchacha con una sonrisa. Entendió mi gesto y me contestó:

—Está cantando tango. Es embromado eso. Pero a mí me gusta porque sigue, así y todo sigue.

Una lección importante.

Octubre de 2011

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