lunes, 27 de abril de 2015

Tres manos

Está sentada, con delantal celeste.
Recibe a las visitas con aplomo,
pelo negro y corto, y sin eses.
La mano apoyada sobre la mesita
y, de fondo, el agua, que siempre está cantando.

¿Papel, señorita?
Sale dos pesos.
¿Señorita?

Las tres mujeres que han entrado
se agolpan frente a ella,
no la miran.
Es más interesante ese reflejo,
las cabelleras lustrosas por el champú caro,
los labios inyectados,
escotes pagados en diez cuotas,
la famosa realidad aumentada.

Se lavarán las manos después
para el almuerzo.
El jabón está ahí desde los ochenta
—una bocha rosada, inacabable
en la punta de un brazo metálico—
y puede esperar.
Esa señora, también.

Se levanta y deja la mesita.
Va para el fondo a pasar un trapo,
un líquido con pretensiones de pino.

Las mujeres se suman a la fila.
Cruzan las piernas y aprietan un poquito.
Las pulseras cascabelean como serpientes.

¿Papel? ¿Necesitan papel?

No la miran.
No ven la hora de subir a la camioneta.
Quieren subir la ventanilla muy muy rápido,
dejar atrás ese pueblucho perdido
donde no hay señal.

Tres inodoros rezongan al mismo tiempo.
Les llegó el turno y ellas entran.
Los tacos las salvan del pis sobre el cemento.
Al menos pilates sirve para hacer equilibrio.

La señora cuenta las monedas.
Alcanza para un sánguche y sale.
Afuera el sol cae como una piedra.

Tres manos se estiran en tres cubículos.
Tres manos con la manicura de ayer
y baño de parafina.
Tres manos vacías ante el alambre vacío.

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