miércoles, 30 de julio de 2014

La fuente

Fotografía: Shi Yali


Cae el sol en el centro
sobre la fuente
sobre sus aguas retenidas
y monedas deseosas.

Estado de pausa.


Palomas reunidas
sobre los cables
            en danza
                           en equilibrio
            en danza
                           en equilibrio.


Baja la luz.
La ciudad calla.
Las ventanas empiezan a encenderse.

El mármol está listo
su vientre ha madurado.

Y todos los paseantes
de súbito
se mojan los pies.

lunes, 14 de julio de 2014

Juego de pelota maya

«Luego bajaron a jugar a la pelota. La cabeza de Hunahpú estaba colgada sobre el juego de pelota.

—¡Hemos triunfado! ¡Habéis labrado vuestra propia ruina; os habéis entregado! —les decían. De esta manera provocaban a Hunahpú.
—Pégale a la cabeza con la pelota —le decían. Pero no lo molestaban con esto, él no se daba por entendido.

Luego arrojaron la pelota los Señores de Xibalbá. Ixbalanqué le salió al encuentro; la pelota iba derecho al anillo, pero se detuvo, rebotando, pasó rápidamente por encima del juego de pelota y de un salto se dirigió hasta el encinal.

El conejo salió al instante y se fue saltando; y los de Xibalbá corrían persiguiéndolo. Iban haciendo ruido y gritando tras el conejo. Acabaron por irse todos los de Xibalbá».

(Fragmento de Popol Vuh).



viernes, 11 de julio de 2014

Bárbaro, salvaje

«(...) cada cual suele llamar barbarie a aquello que no le es común... Son salvajes así como llamamos salvajes a aquellos frutos que la naturaleza por sí misma y por su natural progreso ha producido, cuando en verdad es a aquellos que nosotros mismos hemos alterado con nuestras artes y  mudado de su orden común a los que con más propiedad debíamos designar salvajes».

Montaigne, Sobre los caníbales (I, 30), citado por Henríquez Ureña, P. (1954). Las corrientes literarias en la América Hispánica. México: Fondo de Cultura Económica.

martes, 8 de julio de 2014

Poema azteca

¿Acaso en verdad se vive en la tierra?
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.
Aunque sea jade, se rompe.
Aunque sea oro, se hiende.
y el plumaje de quetzal se quiebra.
No para siempre en la tierra,
solamente un poco aquí.

Fuente: Poemas del alma > Literatura azteca

jueves, 3 de julio de 2014

El funeral de Tolstoi



Hace poco estuve en una muestra sobre Tolstoi en el Centro Cultural Borges, en la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de una sala blanca en la que se exponían mayormente fotografías del autor (fotos famosas como la de la bicicleta o aquella en color, en la que está sentado solo, con las piernas cruzadas) pertenecientes al álbum familiar o que le tomó Chertkov, y algunas de la época, para contextualizar. Una muestra acotada, pero, para quienes admiramos al gran Oso por estos lares, una maravillosa forma de estar más cerca de él.



Tolstoi es uno de los escritores que más me marcó en la vida, junto a Dostoievski. Tendrá que ver seguramente con haberlo conocido de la mano de la profesora Celia Clara Fischer en la materia Literatura rusa y escandinava. Qué decir... Además de fomentar el pensamiento crítico e independiente, Fischer me enseñó a amar a Tolstoi, tanto por sus obras como por su fuego creativo. Es más, mi monografía para la materia versó sobre Anna Karénina.

El caso es que, enterada de la muestra, me fui al Borges de mañana. Primero recorrí la sala y miré todas las fotos. Varias me resultaron conocidas y me emocionó reconocerlas. Otras, en cambio, eran totalmente nuevas para mí.

Tolstoi llevó una vida muy intensa y eso se ve en las fotos. De a caballo, ya anciano, con barba blanquísima. Junto a su bicicleta, bajo la mirada siempre apasionada de Sofía, su mujer. En familia, sentado dignamente en el medio, con las piernas cruzadas. Entre los árboles, un día de mucho frío. Con sus nietos o bisnietos. Tolstoi vivió a pleno cada día de su vida, evidentemente.



Al fondo de la sala, había un pequeño televisor que proyectaba un fragmento del documental Leo Tolstoy genius alive. Así pude ver algunas tomas del funeral de Tolstoi, que mostraban cómo bajaron Sofía y sus hijas del tren en la estación de Astapovo y la cantidad de gente que acompañó el ataúd hasta su entierro. Tomas en blanco y negro, y yo sola en la sala, de pie. Las imágenes me traspasaron. Tenía delante la desesperación palpable de Sofía ante la muerte de su amor; el respeto del pueblo y la certeza de la muerte. ¿Cómo no llorar? En esa sala vacía y blanca, lloré a mares. No paré ni siquiera cuando un hombre de maestranza se puso a barrer el piso junto a mí. La muerte de Tolstoi me resultó de pronto tan cercana que no podía menos que llorar.

Y, para un escritor, ¿qué es eso sino vencer la muerte?