jueves, 3 de julio de 2014

El funeral de Tolstoi



Hace poco estuve en una muestra sobre Tolstoi en el Centro Cultural Borges, en la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de una sala blanca en la que se exponían mayormente fotografías del autor (fotos famosas como la de la bicicleta o aquella en color, en la que está sentado solo, con las piernas cruzadas) pertenecientes al álbum familiar o que le tomó Chertkov, y algunas de la época, para contextualizar. Una muestra acotada, pero, para quienes admiramos al gran Oso por estos lares, una maravillosa forma de estar más cerca de él.



Tolstoi es uno de los escritores que más me marcó en la vida, junto a Dostoievski. Tendrá que ver seguramente con haberlo conocido de la mano de la profesora Celia Clara Fischer en la materia Literatura rusa y escandinava. Qué decir... Además de fomentar el pensamiento crítico e independiente, Fischer me enseñó a amar a Tolstoi, tanto por sus obras como por su fuego creativo. Es más, mi monografía para la materia versó sobre Anna Karénina.

El caso es que, enterada de la muestra, me fui al Borges de mañana. Primero recorrí la sala y miré todas las fotos. Varias me resultaron conocidas y me emocionó reconocerlas. Otras, en cambio, eran totalmente nuevas para mí.

Tolstoi llevó una vida muy intensa y eso se ve en las fotos. De a caballo, ya anciano, con barba blanquísima. Junto a su bicicleta, bajo la mirada siempre apasionada de Sofía, su mujer. En familia, sentado dignamente en el medio, con las piernas cruzadas. Entre los árboles, un día de mucho frío. Con sus nietos o bisnietos. Tolstoi vivió a pleno cada día de su vida, evidentemente.



Al fondo de la sala, había un pequeño televisor que proyectaba un fragmento del documental Leo Tolstoy genius alive. Así pude ver algunas tomas del funeral de Tolstoi, que mostraban cómo bajaron Sofía y sus hijas del tren en la estación de Astapovo y la cantidad de gente que acompañó el ataúd hasta su entierro. Tomas en blanco y negro, y yo sola en la sala, de pie. Las imágenes me traspasaron. Tenía delante la desesperación palpable de Sofía ante la muerte de su amor; el respeto del pueblo y la certeza de la muerte. ¿Cómo no llorar? En esa sala vacía y blanca, lloré a mares. No paré ni siquiera cuando un hombre de maestranza se puso a barrer el piso junto a mí. La muerte de Tolstoi me resultó de pronto tan cercana que no podía menos que llorar.

Y, para un escritor, ¿qué es eso sino vencer la muerte?


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