martes, 18 de marzo de 2014

La tía Inés

La veo. La tía Inés está en los estantes.
Primero la Biblia
un elefante con dinero enrulado
para hacer fortuna
el primer cisne tornasolado de la colección
que empezó de aburrida nomás
el rosario para rezar
por un novio
por la salud de la viejita
por su almita que descanse en paz
por los achaques en la espalda
por las chicas de la parroquia
el suvenir de tu bautismo, mi querido Juan
una postal traída directamente de La Falda
en el verano del sesenta y uno.

La tía Inés ahora tiene un séquito de cisnes.
No dejan plumas por el piso, eso es lo bueno.
No prueban bocado, pero ya quisiera...
Ella les pide
coman y beban de mí
pero sus pechos están secos y arrugados.

La tía Inés anda en patines por la casa
no quiere dejar marca
pero el estante.

La tía Inés usa el teléfono todos los jueves.
Va a la mesita, levanta el tubo y llama a María.
Te paso a buscar, querida. ¿Estás lista?
Y van del brazo, con sus escapularios.

La tía Inés usa rodete.
Encauza diariamente el pelo blanco sobre la nuca.
Lo endereza
igual que a sus cisnes
con las manos que no son las mismas
y se retuercen.

La tía Inés ha muerto.
La llevamos a tierra, como quería.

Las amigas y yo caminamos en manada
ellas inclinan los cuellos largos y blancos
sobre los pañuelos
y lloran un lago.

El cajón es livianísimo.

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