jueves, 10 de octubre de 2013

Casas y Tolstoi

Conocí a Fabián Casas por una de mis alumnas, María, a quien le gustaba mucho su poesía. Llegado su cumpleaños, el regalo que le hicimos con sus compañeros de taller fue un libro de Casas. Un tiempo después, leí el poema «Cancha rayada» y flasheé. Hice la anotación mental: hay que volver.

Cuando estudiaba Letras allá por finales de los noventa, me enamoré de Literatura española I (medieval). Amaba los versos en español antiguo. Entonces el porque era ca, los autos eran obras de teatro, la corneja era un pájaro de la fortuna (a veces buena, a veces mala) y el erotismo de un tobillo con pulsera lo era todo en las casidas... Mi gran duda era qué haría después de esa materia, después de terminar segundo año. Sobreviví un año más y, al siguiente, tras varios meses de trastabillar por melancolía (y otras cuestiones), dejé.

Ahora que volví me pasa más o menos lo mismo. Pienso qué voy a hacer después de Literatura rusa y escandinava. Leer Anna Karenina este año ha sido de lo mejor que me ha pasado como lectora. No soy gran lectora, lo admito: leo lentamente y soy muy repetidora. Muy. Tardo mil años en terminar un libro (lo cargo durante meses en diferentes bolsos y carteras que se me van desintegrando) y, pasado un tiempo, lo releo. Soy parte del tiempo circular de Borges. En fin, Tolstoi ha sido mi gran descubrimiento del año. Y agrego: gran descubrimiento «personal». Que Tolstoi es grande, es un clásico y demás es sabido por todos, pero no es lo mismo cuando uno lo descubre por sus propios medios. Hay que vivir a los clásicos, no leerlos.

Anna es el mejor libro que he leído y dudo que pueda leer alguno que lo supere. Lo digo con cierta lástima porque creo que los mundos que Tolstoi ha creado tienen mayor (y me cuesta elegir la palabra) densidad que los de Dostoievski (cuyo Crimen y castigo es el segundo mejor libro que leí). Una vez que se ha leído a Tolstoi y se ha olido, se ha visto y se ha tocado con su mano a todos los personajes, ya está. Estamos hechos. Sus personajes tienen una densidad similar a la de la niebla del camino de Altas Cumbres. Están ahí. Es innegable. No son meras imágenes. Están, ocupan un espacio.

Hace meses que estoy subida al tren de Anna. Escribo esto con una frase tan poco feliz que me doy lástima. Una frase injusta. No soy sádica, no le estoy pasando por encima una y otra vez... Decía que hace meses que leo y releo a Anna, que estoy mirando las películas basadas en esta novela, que estoy analizando algunos detalles, que compro libros electrónicos sobre la obra... Para mí Anna ha sido una sucesión de Greta Garbo, Sophie Marceaux y la más reciente: Keira Knightley. Hace meses que no paro de encontrar relaciones con la novela.

Hoy, precisamente, recordé a Stiva, quien, entusiasmado por la telegrafía, no podía resistirse a enviar telegramas a todos (esposa y amigos) por las cuestiones más nimias. Un gusto muy costoso para la época y para sus medios. Stiva tenía la necesidad de comunicarse. Creo que se habría llevado muy bien con las redes sociales. Qué gran tuitero habría sido Stepán...

«After dinner several telegrams were sent to people interested in the result of the election. And Stepan Arkadyevitch, who was in high good humor, sent Darya Alexandrovna a telegram: "Nevyedovsky elected by twenty votes. Congratulations. Tell people." He dictated it aloud, saying: "We must let them share our rejoicing." Darya Alexandrovna, getting the message, simply sighed over the rouble wasted on it, and understood that it was an after-dinner affair. She knew Stiva had a weakness after dining for faire jouer le telegraphe» (parte VI, capítulo XXXI).

Y hoy descubrí la estupenda combinación de estos dos escritores: Casas y Tolstoi. Emecé acaba de editar el libro La supremacía Tolstoi y otros ensayos al tuntún, de Casas. Son veinticuatro ensayos. Solo leí el primero y el de Tolstoi. Uno mejor que el otro. Qué digo. El libro vale aunque más no sea por el ensayo sobre el conde. Y me he desvelado. Escribo esto en mi estudio, mientras mi marido duerme, con el frenetismo que solo Anna puede comunicar. Hablo de Anna como si existiera... Ah, la famosa densidad.

Dice Casas:

«Leer a Tolstoi es viajar a una época sin celulares, sin electricidad, sin trenes supersónicos, sin twitters [sic] y sin emails. El tiempo se alarga, camina en punta de pie, se elastiza. Muchas personas todavía viven una vida privada. En la aristocracia, gracias a Dios, casi todos llevan diarios íntimos que han llegado hasta nosotros. Y escriben cartas casi día a día. Se retan a duelo y andan a caballo. Hacen fastuosas orgías en el campo o fiestas a la luz de las velas o bajo las lámparas de petróleo en salones inmensos. Huelen mal, hablan francés de manera artificial y cagan en retretes alejados de las casa principales. Y a veces mueren como moscas por epidemias y pestes, esto último de manera democrática».

2 comentarios:

  1. Vero: me contagias las ganas de leer y conocer a Karenina...
    Excelente artículo! la noche te inspiró.
    Besos

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    1. Es una novela estupenda, Kari. Te la recomiendo fervientemente. Hay que armarse de paciencia porque es larga, pero se lee sin parar. ¡No se puede parar de leer!

      ¡Besos!

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