martes, 24 de septiembre de 2013

Muñecas

Fotografía: _namtaf_ via photopin cc.


I
Juguemos a las muñecas.
Les cambiamos la ropita, las peinamos,
les movemos los brazos articulados.
La mía se llama Roberta, tiene mucho carácter,
trabaja de médica y tiene un novio rico.
La tuya se llama Esfire, es una aristócrata
(aunque todavía no sabemos la palabra),
y tiene una estola de piel. Es soltera.
Ahora las hacemos caminar.
Tac, tac, tac, taconean.
Se ríen, desfilan y están siempre juntas.

Y se pelean ahora, en este momento.
Roberta no quiere jugar a lo mismo que Esfire.
Roberta no le presta sus cosméticos.
Esfire se puso de novia y no tiene más tiempo.
Roberta y Esfire ya no tienen nombre.
Les he cortado el pelo, bien al ras.
Ya ni sé de quién estoy hablando.
Ya no las quiero, ya no me acuerdo de ellas
ni de vos.

II
La vidriera.
El maniquí guillotinado,
en plena vejación del comerciante,
está parado desnudo en medio del salón.

La vendedora,
una chiquita flaca de mal humor,
le pone un vestidito blanco,
le ata un cinto negro bien finito,
le baja los brazos
y lo expone.
Los duros pechos
apuntan a los paseantes del barrio.

Bajo la falda plisada,
la entrepierna rígida, oscura y fría
se parece a la del maniquí.

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