viernes, 5 de abril de 2013

La inundación y Pushkin

A pocos días de la inundación que asoló las ciudades de La Plata y Buenos Aires, leo El jinete de bronce, un poema narrativo de Alexandr Pushkin y pienso que los grandes escritores trabajan con la palabra en un lugar y un tiempo determinados, pero trascienden todos los límites, todas las fronteras. Si hablan de un hombre, en ese hombre está la humanidad entera.

Así una inundación que ocurrió en San Petersburgo en 1824, narrada con maestría en esta nouvelle en verso publicada en 1833, llega a mí como una corriente que resopla de cerca y cada verso me conmueve hasta lo más hondo. Un moscovita lejano en el tiempo y en la geografía habla de aquella y de esta inundación. En definitiva, la desesperación por la pérdida es igual para todos.

¿Qué queda cuando se ha perdido a la mujer amada? ¿Qué queda de los sueños, de los proyectos, cuando los seres queridos no están? ¿Cómo se vive con esa ausencia? Más aún, ¿cómo es el momento exacto, desolador, en que se la conoce?

El desgraciado
atraviesa la calle conocida,
que le lleva a a parajes familiares,
pero en ellos no reconoce nada.
Todo está destruido y arrasado:
casuchas ladeadas, desplomadas,
otras arrebatadas por las olas,
el suelo salpicado de cadáveres
como en el campo de batalla. Eugenio,
que no comprende nada, se apresura,
desfalleciente y torturado, al sitio
donde, como una carta bien sellada,
le aguarda la sorpresa del Destino.
Ya ha llegado al lugar: este es el golfo;
la casa ha de estar próxima. ¿Qué ocurre?

Se detiene, se vuelve, avanza, mira.
He aquí el lugar donde la casa estuvo.
El sauce aún está allí. Falta la valla.
Pero busca la casa y no aparece.
Envuelto en sus siniestros pensamientos
da vueltas y más vueltas, habla en alto
consigo mismo y, dándose en la frente
un golpe con la mano, de improviso
se echa a reír.
Pushkin, A. (2010). El jinete de bronce. (E. A. Luengo, Trad.). Madrid: Ediciones Hiperión.

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