martes, 25 de septiembre de 2012

La poesía al poder

Me lo había prometido hacía unos meses, cuando vi esta pintada callejera por primera vez. Hoy, a la salida de mi taller de narrativa, caminé unas cuadras por el barrio de Almagro hasta la pared donde está pintada y saqué estas fotos.

Leyenda rara si las hay, pero de una ingenuidad conmovedora...





sábado, 22 de septiembre de 2012

¿Y esto es un poema?

Cuando un alumno me pregunta con escepticismo: «¿Y esto es un poema?», lo celebro. Nos da la oportunidad a todos de pensar en la poesía. Nos permite a todos desempolvar la última definición que teníamos de ella para cuestionarla, repensarla y rearmarla, si es necesario.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sobre el estudio de la poesía

¿Por qué participa mucha menos gente en talleres de poesía que en talleres de narrativa?

Porque se cree erróneamente que la poesía es una expresión de la intimidad de una persona y, por tanto, sagrada, inalterable e inobjetable. Se cree que solo los narradores requieren de un método, que solo ellos deben ser ordenados y organizados, que solo ellos deben planificar sus escritos y, en consecuencia, que solo ellos deben formarse y evolucionar en el arte de escribir. Por eso, son contados los poetas que consideran la poesía un tema de estudio. «La poesía se siente; no hay que aprender».

Participar en un taller literario no significa alinearse en el estilo y el gusto de un docente, sino todo lo contrario: conduce a profundizar el propio estilo y encontrar la propia voz poética. Con ver la evolución de cualquier participante durante un año, se puede comprobar lo que afirmo. Los alumnos amplían el vocabulario, se sensibilizan ante la poesía ajena y, en particular, se esfuerzan cada vez más por codificar el sentido en el objeto externo (poema) de manera eficiente para que otros puedan decodificarlo de igual manera. Los alumnos desarrollan una mirada crítica sobre sus propios textos, sobre la sonoridad de sus versos o de su prosa, se vuelven exigentes, aprenden que la expresión es perfectible y esa es la clave de todo.

En definitiva, toda forma de escritura es perfectible; que el texto pertenezca al género lírico o al narrativo o al periodístico es meramente circunstancial.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Diálogo real: Los libros esperan

I

—Son quince pesos —me dice el librero.

Hago cuentas mentales y creo que hay un error. Son dos libros y el precio es ínfimo.

—¿Cuánto sale cada uno?
—Diez y cinco.
—Estoy de suerte. No sabés cuanto hace que estoy buscando el de Efraín Huerta.
—Hace mil años que está acá.
—Vaya, el libro me esperó.

II

Más tarde, me tiento en otra librería y me llevo Los derechos imprescriptibles del lector, de Daniel Pennac. En el colectivo, leo:
«Pero, al contrario de las buenas botellas, los buenos libros no envejecen. Nos esperan en las estanterías y somos nosotros quienes envejecemos».

Presentación de libro y el recuerdo de una primera vez

La primera vez que fui al cine sola tenía veintipico de años. Al hacerlo, aprendí dos cosas: que realizar una actividad cultural solo no es estar solo (el público de una sala de cine o de un café literario pueden ser una gran compañía) y que, en comparación, realizarla con otra persona le da otro gusto, como si se tratara de dos actividades diferentes.

Siempre fui solitaria por mi condición de hija única, pero ir al cine sola fue en ese momento una experiencia que me enriqueció como pocas. Recuerdo que fui a uno de los cines de la avenida Cabildo, uno que está en una esquina, compré la entrada y después me fui a hacer tiempo a un bar.

En todas las mesas, había parejas o grupos de amigos; sentí sus miradas cuando llegué. El mozo me trajo la carta y, dado que quería que fuera una experiencia memorable y que necesitaba endulzar las miradas de los curiosos, me decidí por una copa de frutillas con crema. No tengo palabras todavía para describir lo que el mozo trajo un rato más tarde. Eso no tenía nombre, era un copón digno de un rey.

La película que había elegido era Million dollar baby, de Clint Eastwood, un filme que te hace soñar a la par del personaje de una boxeadora y que, tras un vuelco en la historia, te hace sufrir hasta el final.

Al salir del cine, me sentí otra. Había ido sola y había resultado una experiencia profunda, íntima y reveladora. El goce en la soledad de una multitud tenía lo suyo.

Una situación de estos días me hizo recordar aquella primera experiencia. El 6 de septiembre, estuve en la presentación de La madre del universo, maravilloso libro de relatos de Griselda García.

A pesar de que era ya bastante tarde cuando tomé el colectivo, tenía la secreta esperanza de no perderme la presentación. Tras bajar, tuve que correr tres cuadras bajo la lluvia con la Filcar en la mano y los libros de clase clavados en el hombro para entrar, finalmente, sin aliento en la Galería Rubbers Internacional, un lugar superpituco (y justo yo no tenía buena facha ese día).

Griselda estaba radiante y altísima, como una torre de boca tentadora que me recordó la de Kamala. La vi feliz y sentí que la conocía de siempre. Eso es lo que ocurre con internet cuando nuestros propios textos o espacios de escritura son los que nos acercan. La conocía a ella por su blog, por haber escuchado su voz en la audioteca de Valeria Tentoni y por algunos videos de Youtube. Verla fue confirmar lo que ya sabía.

La presentación propiamente dicha había terminado; llegué para el vino de honor. Después de saludarla a Gri, conversar unos minutos y agradecerle la dedicatoria que escribió en mi ejemplar, circulé entre la gente.

La galería exponía en ese momento las obras de la artista plástica Silvina Benguria. Yo miraba los cuadros y miraba a los asistentes. Entonces noté que no conocía a nadie, ni al hombre bajo de bigotes espesos —y clásico aspecto de artista—, ni al distinguido hombre canoso que parecía orquestarlo todo, ni a aquella mujer cincuentona de pelo planchado, pollera negra ajustada y tacos, ni a la jovencita de boina, pollera larguísima y plataformas. No conocía a nadie más que a Griselda.

Recordé entonces a Clint. Sonreí en mi soledad, mientras los asistentes se agolpaban ante la mesita donde estaban los vinos y las copas, y aproveché para disfrutar de los cuadros y las esculturas.

El placer de la lectura vino después y no me soltó hasta el mediodía siguiente, pero esa ya es otra historia.

La poesía

La poesía es
un vitral gótico inalcanzable
un ventanuco pequeño
un marco sin vidrio de rancho.

Lo que cuenta
no es la ventana no es el paisaje
sino la cálida luz
que entra y revela el interior.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Las Pretextas, 13 de octubre de 2012

Estoy muy agradecida. El sábado me confirmaron que soy una de las invitadas al ciclo Las Pretextas del mes que viene. Allí estaré con mis poemas.

La cita
Sábado 13 de octubre de 2012 a las 17.
Pub Sadem, Avenida Belgrano 3665.
Entrada libre y gratuita.
Cierre con micrófono abierto y sorteo de libros y revistas.

viernes, 7 de septiembre de 2012

La pavita

Ayer leímos el cuento Casa Tomada en uno de mis talleres. Comentamos la pasividad de los personajes, su rutina y el encierro de la casa. Entonces Silvia, una de mis alumnas, dijo con gran verdad:

—La pavita es lo único vivo y animado de la casa.

Y me dejó pensando. Lo único que bulle, que se agita y que hierve es esa pavita. El resto es silencio. O mejor: el resto se calla.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Calor

El calor de estos días huele a infancia. Es innegable.
En él, vive la Siberia de la mano de mi abuelo,
cumpleaños lluviosos, nochebuenas,
Borges con su patio y su brujo postergado,
las tapas amarillas de la colección Robin Hood,
la libertad de la vereda, los colores flúo y los vestidos bobos.

El calor hace que salga a hacer las compras,
cosas triviales como leche, quitaesmalte y un kilo de cebollas,
con la frente alta, la ropa suelta y el corazón hace mucho,
mucho tiempo.