martes, 16 de octubre de 2012

Estás igual

El hombre se enjabonó el pecho, los muslos y la espalda. Después se enjuagó, tarareó un poco y se tiró un sonoro pedo, que hizo eco en las paredes del baño.

—Seguís siendo el mismo, Gervasio —dijo, súbitamente, una voz oscura tras el vapor.

El hombre descorrió la cortina y vio a Roberta, su última novia, muerta ella, parada sobre la alfombrita violeta del baño y con cara de profundo disgusto. Estaba algo desleída y transparente, pero todavía conservaba la actitud aristócrata.

—Estás igual, Roberta.
—Te equivocás. ¡Ahora no te huelo, asesino!—. Y desapareció.

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