viernes, 14 de septiembre de 2012

Presentación de libro y el recuerdo de una primera vez

La primera vez que fui al cine sola tenía veintipico de años. Al hacerlo, aprendí dos cosas: que realizar una actividad cultural solo no es estar solo (el público de una sala de cine o de un café literario pueden ser una gran compañía) y que, en comparación, realizarla con otra persona le da otro gusto, como si se tratara de dos actividades diferentes.

Siempre fui solitaria por mi condición de hija única, pero ir al cine sola fue en ese momento una experiencia que me enriqueció como pocas. Recuerdo que fui a uno de los cines de la avenida Cabildo, uno que está en una esquina, compré la entrada y después me fui a hacer tiempo a un bar.

En todas las mesas, había parejas o grupos de amigos; sentí sus miradas cuando llegué. El mozo me trajo la carta y, dado que quería que fuera una experiencia memorable y que necesitaba endulzar las miradas de los curiosos, me decidí por una copa de frutillas con crema. No tengo palabras todavía para describir lo que el mozo trajo un rato más tarde. Eso no tenía nombre, era un copón digno de un rey.

La película que había elegido era Million dollar baby, de Clint Eastwood, un filme que te hace soñar a la par del personaje de una boxeadora y que, tras un vuelco en la historia, te hace sufrir hasta el final.

Al salir del cine, me sentí otra. Había ido sola y había resultado una experiencia profunda, íntima y reveladora. El goce en la soledad de una multitud tenía lo suyo.

Una situación de estos días me hizo recordar aquella primera experiencia. El 6 de septiembre, estuve en la presentación de La madre del universo, maravilloso libro de relatos de Griselda García.

A pesar de que era ya bastante tarde cuando tomé el colectivo, tenía la secreta esperanza de no perderme la presentación. Tras bajar, tuve que correr tres cuadras bajo la lluvia con la Filcar en la mano y los libros de clase clavados en el hombro para entrar, finalmente, sin aliento en la Galería Rubbers Internacional, un lugar superpituco (y justo yo no tenía buena facha ese día).

Griselda estaba radiante y altísima, como una torre de boca tentadora que me recordó la de Kamala. La vi feliz y sentí que la conocía de siempre. Eso es lo que ocurre con internet cuando nuestros propios textos o espacios de escritura son los que nos acercan. La conocía a ella por su blog, por haber escuchado su voz en la audioteca de Valeria Tentoni y por algunos videos de Youtube. Verla fue confirmar lo que ya sabía.

La presentación propiamente dicha había terminado; llegué para el vino de honor. Después de saludarla a Gri, conversar unos minutos y agradecerle la dedicatoria que escribió en mi ejemplar, circulé entre la gente.

La galería exponía en ese momento las obras de la artista plástica Silvina Benguria. Yo miraba los cuadros y miraba a los asistentes. Entonces noté que no conocía a nadie, ni al hombre bajo de bigotes espesos —y clásico aspecto de artista—, ni al distinguido hombre canoso que parecía orquestarlo todo, ni a aquella mujer cincuentona de pelo planchado, pollera negra ajustada y tacos, ni a la jovencita de boina, pollera larguísima y plataformas. No conocía a nadie más que a Griselda.

Recordé entonces a Clint. Sonreí en mi soledad, mientras los asistentes se agolpaban ante la mesita donde estaban los vinos y las copas, y aproveché para disfrutar de los cuadros y las esculturas.

El placer de la lectura vino después y no me soltó hasta el mediodía siguiente, pero esa ya es otra historia.

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