martes, 3 de julio de 2012

Reflexiones después de Té con Palabras

El miércoles pasado estuve en Té con Palabras, en la SADE. Me tomé varios días para pensar en el encuentro, es verdad, pero quería poner orden a mis pensamientos.

En primer lugar, fue un placer estar con María Paula Mones Ruiz, poeta y amiga que tanto quiero. Fuimos compañeras de facultad, estudiamos juntas para muchos exámenes y, sobre todo, nos reunimos infinidad de veces para gozar de los versos, de la poesía. Es un ser muy luminoso Paula y a ella debo en gran parte la oportunidad de leer mi trabajo en ese espacio.

Abrió el ciclo la Dra. Graciela Maturo, quien disertó sobre la razón poética de María Zambrano. Integraron la primera mesa de lectura Amalia Abaria, Susana Cattaneo, Elisa Dejistani y María Amelia Díaz. A ellas se sumó el gran Rubén Vela y sus poemas fueron un verdadero broche de oro.

Luego, tuve el honor de inaugurar la mesa de Literatura Joven con mis poemas, junto a Maximiliano Orioli. Entre otros, leí «Lo que queda», dedicado a mi abuela Lía, y la voz me falló. Espero que los presentes hayan disculpado mi emoción, lógica por cierto.

Tuve bastante suerte ya que hubo silencio durante mi lectura, pero algo ocurrió después, algo que me indignó hasta el tuétano. La Dra. Maturo y la poeta Elisa Dejistani, sentadas en primera fila, conversaron en voz alta durante toda la lectura de Orioli, mi compañero de mesa. No fue un momento, fue todo el tiempo. Tan alto hablaban que a mí, que estaba sentada al lado del autor, me costaba trabajo escucharlo. Ni siquiera nos miraban. Esto fue, a las claras, una falta de consideración y de respeto que no esperaba de una exdocente y de una poeta tan reconocida. La situación continuó incluso durante el micrófono abierto.

Es cierto que, cuando uno asiste a una lectura de poesía, no tiene la obligación de que le gusten todos los poetas, pero existe algo que se llama respeto y que en un público adulto debería haber a montones. El silencio es obligatorio cuando uno asiste a un evento así.

Se trataba de una mesa de literatura joven y los que participamos de ella no esperábamos loas, ni halagos, ni siquiera aplausos de compromiso, sino ser escuchados y, sobre todo, ser respetados por compartir el amor por la poesía. Ya sabemos que tenemos mucho por aprender, pero también por algo nos dieron ese espacio, ¿no lo creen? Estamos en el mismo camino.

Me quedo pensando que algunos poetas tienen mucha poesía, escritura impecable y versos lapidarios, no sé cuántos libros publicados, pero... educación, cero.

Les dejo la inquietud, queridas Maturo y Dejistani. Van directo a marzo, pero, si aprenden la lección, tal vez se ganen mi respeto otra vez.

Tal vez, no.

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