martes, 29 de mayo de 2012

En el Día del Ejército Argentino

Hoy es el Día del Ejército Argentino, institución que nació con la Patria en 1810 y que hoy, con 202 años de historia, es juzgada y criticada por sus errores.

Debo decir que, amante de la paz como soy y seré, no fue una decisión fácil entrar en el ejército a trabajar como correctora. Implicó todo un dilema moral. ¿Estaba bien trabajar en una institución que había participado de un período tan oscuro de nuestra historia? Entonces pensé que sería una buena oportunidad para conocerla por dentro y sacar mis propias conclusiones. Entré llena de prejuicios y de clases de historia mal sabidas y el ejército, aun así, me abrió sus puertas.

El ámbito castrense es duro. Las exigencias son máximas y el único reconocimiento suele ser la satisfacción del trabajo bien hecho. Tuve que aprender los grados, las jerarquías y algunas costumbres castrenses: la disciplina, la puntualidad (eso no lo aprendí tan bien), el respeto, la dedicación al trabajo, el ser responsable total de los propios errores.

Conocí mucha gente detrás de un escritorito y debo decir que no encontré nada diferente que en otros ámbitos, salvo por el enorme compromiso con su vocación, un compromiso desmedido y nunca cuestionado (porque ir al trabajo no es solo eso, sino capacitarse para defender, eventualmente, nuestro suelo). Los soldados son gente muy parecida al kioskero de enfrente, que trabaja para mantener a su familia, a la doctora del hospital, que hace veinte horas que no duerme porque está de turno, al maestro, que le entrega su conocimiento a la generación siguiente.

Es cierto que tiene tradiciones que nos parecen anticuadas, pero ahí reside justamente su fortaleza. Todo remite a su historia, a sus héroes, a sus raíces siempre subordinadas a la libertad. El ambiente, que a primera vista parece hostil, es en realidad una prueba para el carácter. La presión de los superiores te vuelve fuerte; las arengas te vuelven valiente; la repetición de acciones te vuelve rápido y eficaz y todo ello, vivido en comunidad, te da el sentido de pertenencia. Cuando, después de mucho esfuerzo, los objetivos se cumplen, crece el orgullo de pertenecer, de formar parte, de continuar las hazañas de aquellos hombres de mayo. Cada generación debe continuar el legado y eso solo se puede hacer teniendo fresca la historia, la blanca y pura y, ¡también!, la llena de sangre.

Este paso mío por el ejército fue crucial y una gran decisión. Hoy le debo mucho. Me enseñó a amar el país de maneras nuevas y a enamorarme de su historia. Me enseñó que el compromiso con la Patria es diario, así este sea entregar papeles, poner un sello o tirarse en paracaídas de un helicóptero. Me enseñó el valor de las reglas, iguales e inflexibles para todos. Me enseñó que el trabajo bien hecho es el único camino y que es nuestra suprema obligación ante nuestros antepasados y generaciones futuras. Me enseñó que la gente vale por su trabajo, por su valentía y por su dedicación, más allá de toda jerarquía. Y me enseñó que los prejuicios son ciegos y no conducen a nada bueno.

El ejército también me dio el amor de Sergio, mi compañero de vida. Esa es mi deuda mayor.

¡Gracias por todo, querido Ejército Argentino! ¡Feliz día!

Con mamá y papá, el día de mi jura

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