miércoles, 22 de febrero de 2012

Cosa de dos


Así recuerdo a mis abuelos: los dos sentados a la mesa de la cocina al caer la tarde, charlando a media voz, pasándose el mate. Mi abuela Vicenta era la cebadora de la familia. Los domingos, cuando íbamos de visita, la cocina se hacía chiquita y la ronda empezaba, pero Vice (así la llamaba mi abuelo Alberto) siempre se las rebuscaba para cebarse dos o tres mates juntos sin que nadie lo notara. Cuando mi abuelo murió, dejó de cebar. Con él se habían ido las tardes y las charlas. ¿Para qué acentuar la soledad? Ella sabía que los años y la costumbre le iban a hacer estirar el brazo hacia un lugar vacío.

Supongo que de ella aprendí a tomar mate en compañía y al caer la tarde. Cuando mi pareja se mudó a mi departamento, los días eran largos. Corría diciembre. Un día después del trabajo, sin planificarlo, nos sentamos en el balcón a mirar el pulmón verde de la cuadra, el limonero del edificio de al lado, la ropa colgada en los balcones, las palomas de acá para allá. «¿No te hacés un mate?», me preguntó Sergio. De ahí en más, las tardes fueron como las de mis abuelos. La luz bajaba y la noche nos encontraba charlando de mil cosas, imaginando nuestro año, compartiendo secretos, opinando sobre política. El mate es eso: intimidad. Algo sucede entre mate y mate, algo que une más que mil sogas. Y mi abuela lo sabía. Ahora yo, también. 

28 de junio de 2007

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada