lunes, 31 de octubre de 2011

Deidad



La mujer sale al alba.
Flota blanquecina contra el viento azul.
La tierra reverdece bajo su planta
y nosotras rumiamos para que nazca el día.

La vemos irse.
El pelo rubio es en el aire un echadero.
El hombre oscuro de los ojos solos
ha dormido en él y sueña todavía.

Pasa la tranquera esa mujer.
Sale el sol y brilla como cinco monedas.
En el camino polvoroso, ya no vemos
cómo se ha perdido una deidad.

viernes, 28 de octubre de 2011

Espejo

Vio todo: el otro en el espejo, afeitándose; de golpe, las venas cortadas. "¡No me dejes solo!", gritó y repitió el gesto.

(Este hiperbreve es una reelaboración de mi cuento Pérdida).

Pérdida

Su única religión era levantarse temprano a la mañana, caminar aún dormido hacia la puerta del baño y mirarse concienzudamente en el espejo. Todos los días las mismas arrugas nuevas, las mismas canas que no antes no tenía. Se observaba guiñando los ojos, de reojo, mostrando los dientes, que gracias a Dios eran suyos, y luego de convencerse de que no sólo estaba vivo, sino además despierto, volvía a su habitación de una sola plaza para vestirse y salir a trabajar.

Aquella mañana se despertó asustado, con las manos sudorosas, la frente tibia y algo de frío en el pecho. Dio un par de vueltas en la cama sin abrir los ojos todavía. Abrazó la almohada e intentó descansar. El reloj despertador lo sobresaltó, sonó el teléfono. No supo qué hacer primero. Solo el teléfono dejó de sonar. Una mano se alargó lo suficiente y silencio. El teléfono otra vez. Atendió aunque temiendo recibir alguna mala noticia. Nadie llama a las seis de la mañana a menos que... Del otro lado ya habían cortado. Las sábanas le molestaban, por lo que decidió levantarse.

Con gran trabajo hizo que el techo dejara de ser una mancha oscura para ser algo ligeramente amarronado con esquinas descascaradas. Recordó el año en el que estaba y miró la mesita de luz. Un par de pastillas, la foto de su madre y el vaso de agua. Más allá estaba la silla donde la noche anterior había dejado la camisa planchada y el pantalón gris. Entre bostezos, un par de chinelas de tela cuadrillé lo llevó a la ventana. Levantó la persiana y la habitación se llenó de pájaros y brillos. Se tapó la cara con la mano, le dolía la luz.

Cuando entró en el baño, sonrió. No tenía ganas de verse, como si después de tantos años quisiera burlarse de ese otro. De todos modos, sabía que cuando menos lo esperara, se encontraría mirándolo. Siempre juntos en el baño, a la hora de las caras difíciles. El agua recorrió su cepillo, la pasta dental, sus dientes, las manos, la cara y entró con algo de jabón entre sus pestañas solo para molestarlo un poco. El pijama tenía unos arabescos amarillos y naranjas sobre un fondo azul. Menos mal que no lo veía nadie vestido así. Los dientes habían quedado bien. Sacó la navajita y se afeitó. Ni una sola cortadura, nada mal para un día de ojos jabonosos. Mojó el peine en agua tibia y se arregló el cabello. Aquel hizo lo mismo. Tal vez en sus miradas hubo algo, una voz, una respuesta. El peine cayó de sus manos.

En un primer momento creyó desmayarse. Le fallaron las piernas y su espalda golpeó contra la puerta del baño. La cabeza se mantuvo enhiesta para verlo todo (porque solo podía ver). Adivinaba el sonido del goteo del otro lado, la navaja caída (casi como su peine), la pileta manchada, derritiéndose de rojo y el otro, caído, abierto. Por primera vez vio en su espejo algo que se encontraba detrás de sí. Se acercó a la pileta. Las manos tocaron el borde del espejo y temblaron. Del otro lado, el otro estaría tibio, los ojos abiertos. Desde donde estaba no podía verlo. El mundo daba vueltas. Salió como pudo del baño y fue a la cocina a conseguir una silla. Se trepó y pegó su nariz al espejo. Entonces, la mano. Una mano, que le bastó aunque fuera lo único visible, la única parte del todo. Gritó su propio nombre un par de veces, pero nada pareció moverse. Nadie pareció moverse.

De vuelta en la cocina, acomodó la silla junto a las demás y se dejó caer en ella. No tenía dónde ir. No, en ese estado no podía ir a trabajar. Cruzó los brazos y susurró su nombre. El otro no escuchaba. Nunca más se volverían a ver . Con la vista nublada y húmeda volvió al baño. No verlo al entrar lo horrorizó. Sin el otro el mundo se le hacía demasiado grande. Los pájaros chillaban en la habitación, que daba a la calle.

Pensó en la ausencia y se le pareció insoportable. De ninguna manera abandonaría a su amigo. Tomó la navaja y lo siguió.

1998

jueves, 27 de octubre de 2011

Melancólica

Hace unos días encontré la página de Narbo, un poeta a quien conocí hace años en Reina Literatura, una lista de distribución de poesía. Me dio gusto encontrar en su página una sección con poemas míos. Me leí con la extrañeza que genera leer textos propios en tipografía ajena. Así fue que me reencontré con este texto, que ya tiene nueve años y pico. Pienso trabajarlo un poco; pronto publico una nueva versión.

Melancólica
La gata echada frente a la estufa
la computadora y los dedos fríos
muy fríos
tu foto
sonreímos
tan lindos los dos.
La gata se relame y no me mira
a veces
de reojo
me da el gusto.
Apuro el pequeño vaso de licor
Tan lindos nos veíamos
los dos.

16 Jul 02 18:15

miércoles, 26 de octubre de 2011

Selva

"¡Una araña en mi cabeza! ¡Qué asco; ayudame a matarla!", pidió la mujer. El cazador abrió la cartuchera y apuntó.

martes, 25 de octubre de 2011

La mer

La mer es una de mis canciones favoritas. La versión en inglés (Beyond the sea) es muy distinta de la francesa original. En inglés, la letra habla sobre el amor entre un marinero y una mujer que lo espera. En francés, habla solamente sobre el mar. Las dos tienen su encanto, pero prefiero la letra francesa, escrita por Charles Trenet.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mal de altura

Formaste una pila altísima
con tus libros publicados
y te subiste.
Qué distintas viste las cosas.

Tus amigos escritores te envidiaron
tiraron piedras desde abajo
(como si existieran).

Pero lo sé,
yo soy baqueana,
sé que te apunarás en la altura
los libros perderán su equilibrio
(como si existieran).

Caerás.
Verás las sogas de palabras
que te tiraban los viejos amigos
desmadradas
en la intemperie de la piedra
que enrojará tu caída.

domingo, 23 de octubre de 2011

Estuve en Festival de Poesía Curandera

El viernes estuve en el Festival de Poesía Curandera. Empezó a las diez y pico de la noche, casi dos horas después de la hora a la que fue citada la gente (ocho y media). Indignante. Reconozco que soy impuntual, pero dos horas de tardanza me parecieron incluso a mí una falta de respeto, especialmente cuando me enteré de que siempre es así. Eso tiñó la velada de cierto desencanto.

De todos modos, escuché a un poeta que me sorprendió por la alta sensibilidad de sus textos, Diego Ravenna; me atrajeron los poemas largos y profundos de Claudia Masin, en particular uno sobre la lluvia, y cerró el festival el gran Leopoldo Castilla.

Castilla leyó poemas de Campo de prueba (Sobre la perspectiva, Sobre la perfección, Superficies) y de Manada (IV, VII, XXIII). Lo filmé. La acústica no era la mejor, pero algo pude registrar. Ayuda seguir la lectura con los poemas al lado.





viernes, 21 de octubre de 2011

Aldana

Aldana (alta, atractiva, audaz aunque apenas atontada) aborrecía arrugarse, aborrecía alquilarse.

Acostumbraba agacharse ante atónitos aspirantes a amantes: apagaba analmente ávidos apetitos. Aterrada, aprontando aberturas a apasionados anónimos, apagada, algo absolutamente acuchillado. Abominaba arrodillarse, asistir acabadas abundantes arrojadas al aire. Anhelaba ausentarse, alejarse. Aunque ansiaba aumentar adquisiciones amando a acaudalados: anestesistas, agrimensores, arqueros, arquitectos, algunos actores; asquerosas angustias aparecían ante Aldana.

Aldana, agobiada, acaparaba ahorros, aguardaba al amor, ansiaba abandonarse a alguien, abrazarlo. Amarlo.


18 de junio de 2000

lunes, 17 de octubre de 2011

José Martí: La niña de Guatemala



Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda.

...Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor:
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores.

...Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer:
ella se murió de amor.

Como de bronce candente
al beso de despedida
era su frente ¡la frente
que más he amado en mi vida!

...Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor:
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!

jueves, 13 de octubre de 2011

Balcones

por su mirada alta.

Mirá, la viuda riega macetas
en su balconcito del centro.
Cerámica pintada a mano,
alegrías del hogar.

Más adelante ¡mirá! qué plantas.
Cómo reptan con frondoso celo
por entre rejas que niegan
el hospital de enfrente.

¡Aquel edificio! Una bicicleta
(erubescente sin asiento)
se protege a la intemperie
de unos pies que agonizan.

Mirame hundir la bombacha.
Pileta de mi balcón interno.
El encaje se frota con el jabón de pan,
y en oxímoron hierve.

Letras y músicas


miércoles, 12 de octubre de 2011

Flores del pasado de mi balcón

Estoy algo cursi. Flores, flores, flores. Hace poco publiqué a Jiménez. Es que les tengo aprecio a estas fotos que tomé en 2007 de una planta que entonces tenía. Entonces era verano y la misma planta daba frutos y flores.

Los poetas somos un poco así. Damos poemas flor que esperan el toque erótico de las aves y los abejorros lectores, damos uno que otro fruto duro de roer y, en simultáneo, se nos secan en la rama las palabras estériles, que no fueron nunca flor.

Diálogo real (con prólogo): La vendedora de libros y la poesía que no es literatura

Hace más de diez años, la librería y disquería Zivals, ubicada en Corrientes y Callao, era un remanso para mí. Recuerdo que había un par de libreros (que no meros vendedores de libros) que tenían una memoria digna de un personaje de Borges y que siempre sabían de qué libro les estabas hablando. Era un placer verlos trabajar. Vos ibas, le pedías el libro que buscabas y, sin mediar computadoras, iban hacia el lugar exacto de la librería donde esperaba el ejemplar. Eran libreros. Sabían de libros. Era una vocación.

Yo era asidua en épocas de la facultad. Me leía los títulos de las tapas, abría los libros que me interesaban, preguntaba precios... y, sobre todo, deseaba tener dinero para no tener que elegir. Casi siempre me compraba un libro, en general uno de los más baratos. Épocas del uno a uno.

Volví un par de veces hace unos años (por ejemplo, esta vez) y todavía estaba uno de los viejos libreros. Digo "viejo", pero no lo era; era un muchacho más bien. El librero se acordaba de mí y también de los libros que solía buscar. Un Funes realmente.

Ayer, que tuve que hacer unos trámites por el centro, caminé hasta Zivals. La encontré totalmente cambiada. En principio, los viejos libreros no estaban y además cambiaron la disposición de todo. Lamentablemente no es la misma librería que yo amaba. La sección de poesía solía ser vasta, variada. Tenían libros de editoriales independientes, alejadas del circuito comercial, como Eloísa Cartonera. Los anaqueles eran suculentos por sus novedades.

Ayer tuve que dar vueltas y vueltas para encontrar la sección de poesía. Tuve que preguntar, porque ni un cartelito había. Y me condujeron al fondo, al relegado sector donde esperaban los poemas.

Entonces se dio esta conversación con la vendedora que me atendía y con otra, a la que llamaré Cecilia, que estaba tras el mostrador. El nombre de Cecilia no es real, no recuerdo cómo la llamó la vendedora, pero, bueno, un nombre se merecía en este diálogo. O no. Ustedes dirán.

—Fijate acá. Está ordenado por apellido.
—Gracias.
(...)
—Estoy buscando algún libro de Leopoldo Castilla. El autor no parece estar acá. ¿Lo tenés?
—De Castilla no tengo nada. Publicó en Tusquets y no me quedó nada. Me fijo en la computadora igual.
—Perfecto. Yo sé que lo editó El Mono Armado.
—¿El Mono Armado? No le compro a esa editorial. Eh... Sí, tengo Manada.
—Qué bien.
—Te lo busco. Tiene que estar donde te dije, por apellido.
(...)
—A ver... No está.
—Yo tampoco lo encontré.
—¿Cecilia, vos viste el libro Manada, de Leopoldo Castilla?
—¿Qué libro?
Manada, de El Mono Armado.
—¿El Mono Armado? ¡Ja, ja, ja! Me hace reír tanto ese nombre. ¡El otro día lo vi y no podía parar de reír! Pero no lo encuentro.
—Cecilia, no es el nombre de un autor, es una editorial.
—Ah, por eso no lo encontraba. Ahora sí. Según la computadora, hay dos de ese libro. Tendría que estar ahí, por apellido.
—Pero no está. ¿No lo habrás mezclado con literatura cuando acomodaste?
—Ah, puede ser. Fijate.
(...)
 —¿Ves? Tomá, acá está. Lo habían puesto como literatura latinoamericana. ¡Mezclan todo!

domingo, 9 de octubre de 2011

Ayer leí en el Café Pretextos

Ayer a la tarde fui por primera vez al Café Pretextos, organizado por el Grupo Pretextos en el Pub de SAdeM (Sindicato Argentino de Músicos), Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pasé un momento más que agradable con otros poetas y con Sergio, mi compañero fiel.

Leí Mamushka y Manzana. Aquí publico el video del segundo poema.


viernes, 7 de octubre de 2011

La canaria

La hermosa canaria del color del fuego
salió a buscar comida lejos del nido.

Y nosotros, con un hambre visceral,
(los picos abiertos, cerrados los ojos,
con un único pensamiento: ¡comer!),
gritamos vehementes, gritamos de frío.

Temblamos, nos hemos quedado tan solos.
La muerte se peina y canta su canción.

Pero la canaria está cerca, aquí llega,
sombra cálida que cubre de alimento,
plumaje nutricio que da muerte al hambre.
La canaria no es un pájaro, es un dios.

Nota: Poema seleccionado para la antología Lenta obsesión de la Editorial Dunken. 

jueves, 6 de octubre de 2011

Juan Ramón Jiménez: Eva

XX
Eva

I



¡La primavera, placer!
—Flores, flores, flores, flores—.
Sobre todos los olores,
¡qué inmenso el tuyo, mujer!



(¡La azalea de mi balcón ha florecido!)

Sobre la palabra "poesía"

Nombramos a la poesía con una palabra atroz. Esa ese que le quita fuerza, esas vocales abiertas que no forman diptongo... Nunca me canso de escribir este género, pero en ocasiones, como hoy, me canso de referirme a la poesía con un nombre tan desleído.

De ahora en más, debería llamarla "perro", para que venga fiel y presta en cuanto escuche mi voz. ¡Bueno sería!

miércoles, 5 de octubre de 2011

Balé nocturno

Media punta,
quatrième position.

Desde lo oscuro
se acerca otra voz.

Me envuelve,
me eleva como cáliz.

Pas de deux.

lunes, 3 de octubre de 2011

Mujer

yo era hombre

tenía diez años ese día
sentí el vacío encarnado en el vientre doloroso
la gravedad curvó los pechos lácteos y rotundos
un cuchillo mordió la fruta de mis labios
y liberó su jugo

ahora soy Mujer