martes, 28 de junio de 2011

Le cambié el nombre al blog

Hoy tomé la decisión, tras cuatro años con el mismo nombre, de cambiarle el nombre a este hijo. Hasta ayer se llamaba "Diario de poesía" y hoy ha tomado el nombre de "Diario verusciano".

Un motivo de peso para hacer esto era que el título no tenía nada que ver con el dominio (http://veruscio.blogspot.com) y, como no había conexión, obligaba a muchos lectores a buscarlo por título en Google. Una actitud totalmente descortés de mi parte.

Otro motivo era que existía paralelamente un Diario de poesía, una revista que conocí no hace tanto y cuyo nombre no quería usurpar de ningún modo (si es que era anterior a mi diario, algo de lo que no estoy segura).

El último motivo es que creció en mí el deseo de incluir otro tipo de escritos en este espacio, como cuentos y minificciones, sin contradecir abiertamente el título ni desencantar a mis lectores. Como sabemos, el título fomenta la anticipación, las previsiones, las expectativas.

La poesía es mi casa, eso ténganlo por seguro. Es más que mi casa, es mi hogar, mi corazón, mi vida. Pero no es lo único que escribo. Como les comenté hace un tiempo, mi sueño adolescente de ser escritora era bien concreto: quería ser cuentista. La vida me llevó por otros géneros y ese fervor que conocí a los ocho, diez, once años por la rima y los poemas en general no me abandonó, al punto de que hoy es un fuego interior que me anima como pocas otras cosas.

Corto entonces nuevamente la cinta de este espacio e inauguro un diario que traerá novedades, pero que seguirá fiel a sus raíces poéticas.

El débil

A Jorge Luis Borges, el fuerte.

Que un hombre de caballo y apero como yo, de vida simple y solitaria baje la cabeza frente a una mujer, es humillante y se hace solamente una vez.

Nos decían los Colorados o los Nilsen y nos temían. Vivíamos en Turdera, mi hermano y yo, solos en una casa de ladrillo sin revocar. Teníamos unos buenos pingos de pura sangre y una carreta decente con la que nos ganábamos la vida. Nos gustaban más los caballos que levantarnos temprano para trabajar. Éramos y habríamos de ser malevos toda la vida. Yo, el menor, era el más blando. Tal vez por eso mismo Juliana me prefirió.

Cristián la encontró una noche y no tardó en traerla. La sorprendí barriendo el patio una madrugada de copas. No le dije nada y pasé al fondo. La Juliana era una china rara de ojos grandes y caderas anchas. Se cimbreba de una manera que no volví a ver. Al principio me creí que la prenda, todavía joven para mi hermano, volaría rápido. Pero en cuanto vi que la Juliana tenía dueño, me fui a Arrecifes para cambiar caballo. Tres en la casa grande éramos demasiados. Visité varios pueblos y me contenté con una mujer de tez morena y ojos como la sombra, con poca gracia para caminar y para callar. Estuvo en la casa tres días, me secó de tanto hablar, hasta que se animó una tarde, a la hora de la siesta, a toquetear la daga que había quedado con mis pilchas. La eché y volví a la juerga. No podía estar bajo el mismo techo que Juliana, sabiendo que el Cristián y ella, cada noche estaban juntos. Pasaba la noche afuera, borracho, lejos de los dos.

Cuando vi el oscuro de Cristián atado al palenque, inquieto, sacudiendo las crines, supe que sería noche larga. Me quedé callado. Cristián estaba con pilchas de farra, se iba y como al pasar me dijo: 

-Ahí la tenés.

Y no la usé, como Cristián me sugirió. Ella aceptó su papel desde el principio y sólo por ella me enteré del mío. No me importaron la humillación, los párrocos o las habladurías. Con ella, yo hacía un hogar cada tarde. Con ella, Cristián la convertía en intrusa cada noche.

La vendió a un tugurio de mala muerte. La busqué hasta encontrarla medio muerta y cansada en una habitación raída. Me reconoció, creo, por la voz o por el cuerpo, no sé. Él también volvió a ella. Y no tuvimos más remedio que traerla de vuelta. Omar Ayala me dijo que el Cristián no la quería, sin siquiera sospechar lo que sabía el pueblo. Me moría de rabia pero lo defendí. Hice lo mismo varias veces por aquella rata.  Era mi hermano. 

La Juliana callaba. Nunca le arranqué lo que pensaba, si es que la pobre podía pensar algo al respecto. Ahora sólo creo que no se permitía pensar nada. Me quería, con la mirada juraba que me quería. Sólo conmigo cantaba o reía. La sentía tan ajena, sin embargo. 

Mi hermano se cansó de compartirla. Vino y me pidió que lo ayudara con unos cueros. La había matado. Tuve que ayudarlo con el cuerpo, que nunca había visto tan transparente. Me dio asco verla así, tan frágil. Cristián estaba satisfecho, se restregaba las pilchas y apisonaba la tierra. Me tiré sobre él, el corazón enloquecido. Cuando me abrazó, saqué la daga afilada y la alcé hasta la mitad de su espalda. Y la dejé caer.  Era mi hermano.

1998

jueves, 23 de junio de 2011

El hijo

La ventana de la primera planta está abierta.
Es domingo y hace fresco.
Un jilguero ha anidado en el árbol
y se hace oír.

El hombre sigue en la casa.
Está subiendo la escalera.
Ahora abre la puerta de ese cuarto y se asoma.

Mira la cama y los trofeos.
Los libros de lectura, el dinosaurio de plástico
y la número cinco en el rincón.

Todo está igual.
Todo está igual,
Martincito.

Baja el sol y el jilguero canta.
Eso es lo distinto.
Ese maldito nido, que no estaba.
Y la ventana abierta es lo distinto.

Hay que cerrar,
hay que cerrar.
Y que no entre más la tierra,
Martincito.

La ventana de la primera planta está cerrada.
Es domingo, noche calma.
Solo falta la canción del jilguerito.
El resto está igual.
El resto está igual.

23 de junio de 2011

sábado, 18 de junio de 2011

Manifiesto rusciano

  1. El escritor debe ser libre. No debe atarse a ninguna corriente literaria ni política.
  2. El escritor de raza escribe como escribe porque así lo elige, no porque es la única manera en que le sale. La exploración es una condición sine qua non.
  3. El escritor no puede dejar de escribir. Si alguien se lo pidiera, por las razones que fuera, lo estaría obligando a un suicidio. Nadie debe esperar que un escritor deje de serlo. Es la mayor forma de violencia que existe para la literatura y para los hombres y mujeres que eligen esta profesión.
  4. Si una persona lee, es un lector. Si una persona lee y escribe, es un escritor. Si una persona escribe solamente, pero no lee, es un imbécil.
  5. El escritor no devuelve favores literarios, no opina favorablemente de otros escritores solo porque lo halagan, difunden sus textos o lo acompañan en el camino de su obra. Eso lo convierte en mercenario y no existe hipocresía mayor ni nada que perjudique más a la literatura. Esto es aplicable también a quienes prologan los libros de otros.
  6. Escribir es una actividad tan noble como levantar una pared o llevar las cuentas de una multinacional. Escribir no asegura un lugar en el Olimpo, no convierte en mejor persona ni da derecho a despreciar a otros. Escribir es una actividad como otras, que se puede hacer mejor o peor, se puede uno volver  famoso o no, pero nada más.
  7. El escritor piensa en el lector. Siempre.
  8. El escritor tiene un solo y único compromiso: dominar profundamente la gramática y la ortografía de su lengua. No hay excusas válidas para la ignorancia. Así como a un carpintero se le exige que sepa usar el cepillo y el formón, al escritor se le exige que conozca su idioma.
  9. La vida personal del escritor puede aparecer en su obra, pero la obra no debe explicarse mediante una biografía. Si la biografía es necesaria para comprenderla, entonces la obra es deficiente y el escritor, malo. Ese es un análisis superficial y chismoso, más propio del periodismo amarillista que de la literatura.
  10. Se espera que el escritor difunda desinteresadamente los textos de aquellos pares que se destaquen por su estilo. Esta acción debe ser puramente generosa y solidaria y es parte del compromiso que el escritor asume ante la literatura. Lo bueno, como el pan, debe compartirse con otros; no se le debe negar a nadie, sea quien sea, piense lo que piense, crea en lo que crea y sea del color que sea.

Verónica Andrea Ruscio
Buenos Aires, 18 de junio de 2011

El hambre

En la jaula, el canario naranja baja al comedero. Mira con un ojo y con el otro el fondo vacío, sin semillas. Pía y mira a su dueña en el sillón. Pía otra vez.

Pero la octogenaria no le hace caso. No va a darle de comer, muerta como está.

17 Jun 11

viernes, 17 de junio de 2011

La calandria

La rana vio que había viento. El aire de la charca llevaba hojas marrones. Más arriba, algo blando se movía en círculos.

—¿También hay viento allí?—preguntó a la avecilla en ranés.
—Claro —aseveró la calandria también en ranés.
—¡Hablamos el mismo idioma!
—Conozco tu lengua, pero el calandrés es mejor.

La rana miró a la calandria, que danzaba altísima. Es una pena. Habla como yo, pero no habla conmigo, pensó y se sumergió en silencio.


Nota: Es el tercero de la serie, escrito hoy, nueve años después. ¡Espero haber mantenido el estilo y no decepcionarlos!

viernes, 10 de junio de 2011

Rana y flor

La rana miró la flor amarilla junto al riacho. El viento la movía. Su silueta delicada se recortaba en el cielo, por encima de los pastos bravos.

—Soy una rana —dijo en ranés, pero la flor no contestó. Impasible, siguió meneándose, corola en alto y más amarilla que nunca.

La flor vio venir una rana. Es verde, es espantosa, no debo mirar, pensó, pero le gustó que le hablara.

La rana esperó. No había caso; la flor no contestaba. Entonces se fue saltando y la flor, al verla marcharse, lloró muchísimas lágrimas amarillas. La flor no podía ir tras de ella.


24 de julio de 2002

jueves, 9 de junio de 2011

Niña y rana

La niña de vestido verde jugaba con dos imanes. Miraba, divertida, cómo se pegaban y se repelían. Más allá, en el jardín de pastos altos, una rana asomó y la miró. Saltó, saltó, saltó hasta los pies de la niña.

—Soy una rana —dijo en ranés. La niña bajó la mirada. Vio la piel lustrosa, viscosa, los ojos saltones.

La rana miró otra vez y, en los ojos esperanzados de la niña, vio un brillo, un reflejo, tibia imagen de una rana. Hay una rana en ella, pensó. Será mi amiga.

La niña se acercó más a la rana y la miró. Vio en los ojos amarillos una niña igual a ella. Lleva una niña en la mirada, pensó. Será mi amiga.

Y niña y rana se fueron saltando.
Nota: Escribí este texto breve el 22 de julio de 2002. Todavía tengo dudas sobre si es cuento o prosa poética o qué. Finalmente, hoy le he dado algunos toquecitos y, después de tanto, me he decidido a publicarlo. No sé bien cuál es su identidad, pero le tengo cariño sea lo que sea.

miércoles, 8 de junio de 2011

Cuatro años, poco, mucho

Mi Diario de poesía cumple hoy cuatro años. Publiqué mi primera entrada una tarde de 2007 en Diaryland (http://veruscio.diaryland.com) e inicié esto, este conjunto de reflexiones, poemas ajenos que admiro y algunos propios.

Hace más de un año, tras tener algunos problemas técnicos con los comentarios (no aparecían donde debían), decidí mudarme a Blogger y la verdad es que estoy muy conforme. Este nuevo espacio me ha permitido conocer la obra de muchos poetas y amantes de la literatura y compartir con ellos lo mío de una manera más fácil.

He estado pensando varios días lo que escribiría hoy. Para mí las fechas son muy importantes, en especial los cumpleaños. La única conclusión a que llego (si es que se espera que llegue a una conclusión) es que este diario es mi mayor logro literario. Puede ser mucho o poco según se lo mire, pero para mí es mucho. Todo lo que escribo, creo, pienso, amo y leo termina en estas páginas virtuales. Hay mucho de mí aquí, más que en cualquier otro espacio, y lo he logrado a fuerza de escribir a toda hora y de seguir adelante, me leyeran o no. Digo que es un logro porque, digamos la verdad, este es el pequeño blog de una poeta que no tiene mucha presencia en el medio, salvo por sus comentarios en blogs amigos (no voy a lecturas de poesía, no tengo un programa de radio sobre poesía, no escribo poesía erótica, la mayoría de mis amigos no son poetas y no tengo libros totalmente míos de que jactarme). ¡Y no he abandonado en ningún momento!

Hoy sé que al menos 25 personas siguen este espacio y quiero decirles a cada uno de ustedes que estoy sumamente agradecida por su lectura. Me dan ganas de seguir porque sé que, por más que no haya comentarios, están del otro lado. Es una sensación muy agradable.

Diario de poesía cumple cuatro años. ¡Salud y gracias por leer!

viernes, 3 de junio de 2011

Lo bueno de la poesía

Lo bueno de la poesía es que, a diferencia del género narrativo y del dramático, no decepciona nunca a sus lectores. Puede gustar o no, conmover o no, pero nunca decepciona. El poema no es un trayecto de un principio a un final, es otra cosa: una unidad indisoluble (aunque esté dividido en estrofas). El lector no necesita adivinar ningún final y, en consecuencia, no hay posibilidad de anticipaciones incorrectas ni frustraciones. En este sentido, la poesía es un animal bastante noble. Por eso, me gusta tanto acariciarla.

miércoles, 1 de junio de 2011

Irma Cuña: Poética

Como los escarabajos negros
que vuelan corto entre las amapolas
y luego caen
—redondos y dorados de polen—
sobre los pastos,
así suelen andar los poetas
transmitiendo la vida
—a pesar de todo—
y amapolados.


Fuente: Revista Huasi N.° 10, mayo de 2001, transcripto de la antología Abrazo Austral, Desde la gente, Buenos Aires, 2000.