viernes, 28 de octubre de 2011

Pérdida

Su única religión era levantarse temprano a la mañana, caminar aún dormido hacia la puerta del baño y mirarse concienzudamente en el espejo. Todos los días las mismas arrugas nuevas, las mismas canas que no antes no tenía. Se observaba guiñando los ojos, de reojo, mostrando los dientes, que gracias a Dios eran suyos, y luego de convencerse de que no sólo estaba vivo, sino además despierto, volvía a su habitación de una sola plaza para vestirse y salir a trabajar.

Aquella mañana se despertó asustado, con las manos sudorosas, la frente tibia y algo de frío en el pecho. Dio un par de vueltas en la cama sin abrir los ojos todavía. Abrazó la almohada e intentó descansar. El reloj despertador lo sobresaltó, sonó el teléfono. No supo qué hacer primero. Solo el teléfono dejó de sonar. Una mano se alargó lo suficiente y silencio. El teléfono otra vez. Atendió aunque temiendo recibir alguna mala noticia. Nadie llama a las seis de la mañana a menos que... Del otro lado ya habían cortado. Las sábanas le molestaban, por lo que decidió levantarse.

Con gran trabajo hizo que el techo dejara de ser una mancha oscura para ser algo ligeramente amarronado con esquinas descascaradas. Recordó el año en el que estaba y miró la mesita de luz. Un par de pastillas, la foto de su madre y el vaso de agua. Más allá estaba la silla donde la noche anterior había dejado la camisa planchada y el pantalón gris. Entre bostezos, un par de chinelas de tela cuadrillé lo llevó a la ventana. Levantó la persiana y la habitación se llenó de pájaros y brillos. Se tapó la cara con la mano, le dolía la luz.

Cuando entró en el baño, sonrió. No tenía ganas de verse, como si después de tantos años quisiera burlarse de ese otro. De todos modos, sabía que cuando menos lo esperara, se encontraría mirándolo. Siempre juntos en el baño, a la hora de las caras difíciles. El agua recorrió su cepillo, la pasta dental, sus dientes, las manos, la cara y entró con algo de jabón entre sus pestañas solo para molestarlo un poco. El pijama tenía unos arabescos amarillos y naranjas sobre un fondo azul. Menos mal que no lo veía nadie vestido así. Los dientes habían quedado bien. Sacó la navajita y se afeitó. Ni una sola cortadura, nada mal para un día de ojos jabonosos. Mojó el peine en agua tibia y se arregló el cabello. Aquel hizo lo mismo. Tal vez en sus miradas hubo algo, una voz, una respuesta. El peine cayó de sus manos.

En un primer momento creyó desmayarse. Le fallaron las piernas y su espalda golpeó contra la puerta del baño. La cabeza se mantuvo enhiesta para verlo todo (porque solo podía ver). Adivinaba el sonido del goteo del otro lado, la navaja caída (casi como su peine), la pileta manchada, derritiéndose de rojo y el otro, caído, abierto. Por primera vez vio en su espejo algo que se encontraba detrás de sí. Se acercó a la pileta. Las manos tocaron el borde del espejo y temblaron. Del otro lado, el otro estaría tibio, los ojos abiertos. Desde donde estaba no podía verlo. El mundo daba vueltas. Salió como pudo del baño y fue a la cocina a conseguir una silla. Se trepó y pegó su nariz al espejo. Entonces, la mano. Una mano, que le bastó aunque fuera lo único visible, la única parte del todo. Gritó su propio nombre un par de veces, pero nada pareció moverse. Nadie pareció moverse.

De vuelta en la cocina, acomodó la silla junto a las demás y se dejó caer en ella. No tenía dónde ir. No, en ese estado no podía ir a trabajar. Cruzó los brazos y susurró su nombre. El otro no escuchaba. Nunca más se volverían a ver . Con la vista nublada y húmeda volvió al baño. No verlo al entrar lo horrorizó. Sin el otro el mundo se le hacía demasiado grande. Los pájaros chillaban en la habitación, que daba a la calle.

Pensó en la ausencia y se le pareció insoportable. De ninguna manera abandonaría a su amigo. Tomó la navaja y lo siguió.

1998

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