miércoles, 12 de octubre de 2011

Diálogo real (con prólogo): La vendedora de libros y la poesía que no es literatura

Hace más de diez años, la librería y disquería Zivals, ubicada en Corrientes y Callao, era un remanso para mí. Recuerdo que había un par de libreros (que no meros vendedores de libros) que tenían una memoria digna de un personaje de Borges y que siempre sabían de qué libro les estabas hablando. Era un placer verlos trabajar. Vos ibas, le pedías el libro que buscabas y, sin mediar computadoras, iban hacia el lugar exacto de la librería donde esperaba el ejemplar. Eran libreros. Sabían de libros. Era una vocación.

Yo era asidua en épocas de la facultad. Me leía los títulos de las tapas, abría los libros que me interesaban, preguntaba precios... y, sobre todo, deseaba tener dinero para no tener que elegir. Casi siempre me compraba un libro, en general uno de los más baratos. Épocas del uno a uno.

Volví un par de veces hace unos años (por ejemplo, esta vez) y todavía estaba uno de los viejos libreros. Digo "viejo", pero no lo era; era un muchacho más bien. El librero se acordaba de mí y también de los libros que solía buscar. Un Funes realmente.

Ayer, que tuve que hacer unos trámites por el centro, caminé hasta Zivals. La encontré totalmente cambiada. En principio, los viejos libreros no estaban y además cambiaron la disposición de todo. Lamentablemente no es la misma librería que yo amaba. La sección de poesía solía ser vasta, variada. Tenían libros de editoriales independientes, alejadas del circuito comercial, como Eloísa Cartonera. Los anaqueles eran suculentos por sus novedades.

Ayer tuve que dar vueltas y vueltas para encontrar la sección de poesía. Tuve que preguntar, porque ni un cartelito había. Y me condujeron al fondo, al relegado sector donde esperaban los poemas.

Entonces se dio esta conversación con la vendedora que me atendía y con otra, a la que llamaré Cecilia, que estaba tras el mostrador. El nombre de Cecilia no es real, no recuerdo cómo la llamó la vendedora, pero, bueno, un nombre se merecía en este diálogo. O no. Ustedes dirán.

—Fijate acá. Está ordenado por apellido.
—Gracias.
(...)
—Estoy buscando algún libro de Leopoldo Castilla. El autor no parece estar acá. ¿Lo tenés?
—De Castilla no tengo nada. Publicó en Tusquets y no me quedó nada. Me fijo en la computadora igual.
—Perfecto. Yo sé que lo editó El Mono Armado.
—¿El Mono Armado? No le compro a esa editorial. Eh... Sí, tengo Manada.
—Qué bien.
—Te lo busco. Tiene que estar donde te dije, por apellido.
(...)
—A ver... No está.
—Yo tampoco lo encontré.
—¿Cecilia, vos viste el libro Manada, de Leopoldo Castilla?
—¿Qué libro?
Manada, de El Mono Armado.
—¿El Mono Armado? ¡Ja, ja, ja! Me hace reír tanto ese nombre. ¡El otro día lo vi y no podía parar de reír! Pero no lo encuentro.
—Cecilia, no es el nombre de un autor, es una editorial.
—Ah, por eso no lo encontraba. Ahora sí. Según la computadora, hay dos de ese libro. Tendría que estar ahí, por apellido.
—Pero no está. ¿No lo habrás mezclado con literatura cuando acomodaste?
—Ah, puede ser. Fijate.
(...)
 —¿Ves? Tomá, acá está. Lo habían puesto como literatura latinoamericana. ¡Mezclan todo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario