viernes, 23 de septiembre de 2011

Reflexión: La envidia y la revelación

Ayer oí de María, una de mis alumnas de taller, una idea genial para componer una metáfora. Volví a casa feliz en principio por haber creado una consigna que la motivara tanto y, en particular, porque la metáfora en sí era genial y ahora existía para muchos lectores.

Entonces recordé partes de un recuerdo. Digo "partes" porque no logré armar el recuerdo entero. Si no me confundo, una compañera de mi vieja carrera de Letras, allá por los noventa, me había contado que una conocida de ella, que era docente de talleres literarios, había tenido que dejar de dictarlos, al menos por un tiempo, porque los textos de sus alumnos eran tan buenos que le provocaban profunda envidia. Carne de diván, literalmente, porque la docente en cuestión tuvo que recurrir a terapia.

"¿Envidia?", me pregunté entonces, sin entenderlo. Para mí, la anécdota mostraba a las claras las cualidades de esta docente al frente del taller. Ahora, con más años encima de experiencia al frente de varios talleres literarios, con alumnos de casi todas las edades, lo entiendo menos. En serio. Lo digo sin ponerme el disfraz de Madre Teresa.

La envidia es lo opuesto a la revelación, y la poesía es eso justamente. El poeta provoca la revelación en el lector. La revelación no puede existir sin el lector porque ocurre físicamente en él. Entonces, como lector, ¿cómo puedo envidiar algo que con palabras ajenas sucede en mí, es parte de mí? Es imposible.

Es imposible envidiar un poema. A lo sumo, la fama, el público, los premios de un poeta, pero ¿el poema? ¿El poema? Dejémonos de joder. El que envidia un poema no entiende nada de poesía.

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