miércoles, 28 de septiembre de 2011

El sueño del monje funambulista y la acusación de plagio

Hace unos días estuve conversando en un foro sobre parafrasear a un autor: cuándo es homenaje y cuándo es plagio. Mi postura fue definir el plagio desde la intención de ocultar el texto original:

A mi juicio, depende de la intención. Si la intención es trazar un vínculo, supongo que es homenaje. Si la intención es hacer pasar el texto original por propio, allí hay plagio.

El que plagia intenta ocultar el texto original, en tanto el que homenajea a un autor crea un vínculo con ese texto, trata de que se note.


Hace un tiempo vi la película
Rosencranzt y Guildenstern están muertos, basada en la obra de teatro del mismo nombre de Tom Stoppard. El dramaturgo toma dos personajes secundarios de Hamlet y los pone en el centro de la historia y vuelve a contar la historia de Hamlet desde el punto de vista de estos dos personajes. Es brillante. Y es un excelente homenaje a la obra de Shakespeare.

El caso es que anoche tuve un sueño en el que puse a prueba toda mi postura.

Soñé con un oscuro salón de techos bajos, que daba a varios pasillos construidos con arco de medio punto. Tal vez había antorchas; la luz hacía en las paredes y en todos los objetos un baile propio del fuego.

Del pasillo de la izquierda, venía un monje. Ya más cerca, descubrí que era Gabriel Bevilaqua. Con una mano firme y prolija, que salía de la manga de la túnica marrón, Bevilaqua me entregaba su último libro publicado, una novela (paradojas que hay en los sueños, sepan disculpar) titulada Rayuela. Me entregaba el libro y se alejaba de mí unos pasos.

La tapa era dura, de color ladrillo —y ahora que lo pienso, con esa forma y ese peso también—. Había una cara ilustrada, algo desleída. Así y todo, se veía claro que el de la tapa era Cayetano Santos Godino, alias el Petiso Orejudo. "Habrá crimen", recuerdo que pensé con cierta satisfacción.

En la zona oscura del salón, crecía una multitud; todos, escritores que yo no conocía. Desde donde estaba, no podía verles las caras, pero sabía que cada vez eran más. Susurraban al principio, después gritaban. Como en un coro medieval de voces graves, acusaban de plagio.

Bevilaqua, a pocos pasos de mí, no hacía caso a la turba que avanzaba. Se mantenía quieto, pacífico como un religioso recién salido de confesión, y a la espera. Me miraba.

Entonces me dirigía al coro, primero tímida y más tarde enérgica, con estas palabras:

—Bevilaqua traza un diálogo con el texto de Cortázar desde el título. No hay en el autor afán de apropiarse de un texto ajeno. Sería incapaz. ¡El libro es un homenaje! ¿Cómo no lo ven, monjes profanos?

Y desperté.

2 comentarios:

  1. Me encantó, Vero. Me gusta lo del monje ;) Pero ya ves, no puedo dejarme solo porque me escapo y me inmiscuyo sin permiso en los mundos oníricos de talentosas señoritas. Prometo que no volverá a suceder :)

    En serio, ¡muchas gracias por compartir y convertir tu sueño en palabras!

    Abrazos.

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  2. Me alegra que te haya gustado. A mí me divirtió mucho el sueño, pero más intentar ponerlo por escrito.

    Saludos.

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