martes, 23 de agosto de 2011

La planchadora

Rosa trabajaba como planchadora en casas de familia. No limpiaba, no lavaba, no cuidaba niños ni ancianos, solo planchaba ropa. Llegaba, abría la tabla, enchufaba la plancha y comenzaba. No se le escapaba una arruga, era prolija y rápida, pero una de sus mejores virtudes era ser obediente. Si una patrona le decía: "Quiero que planches los cuellos así", ella lo hacía. Si otra patrona le pedía las remeras de tal otra forma, ella lo hacía. Todos quedaban conformes y la recomendaban siempre. Por eso a Rosa nunca le faltó el trabajo.

Cuando conoció a su nueva patrona Estefanía, Rosa se enteró de que trabajaba en un hospital y que por eso no podía planchar su propia ropa. Era médica de guardia. Siempre estaba apurada.

—¿Quiere darme alguna indicación en particular? Yo plancho como usted me diga —dijo Rosa.
—Planchá todo. No es tanto. El tiempo te tiene que alcanzar —contestó y señaló el cesto de ropa. Estefanía le dejó un juego de llaves, le dio un beso rápido y se fue.

Una vez sola, Rosa abrió la tabla, enchufó la plancha y miró el hermoso comedor donde trabajaría: muebles finos, alfombras, cuadros, jarrones con flores. No todos tienen mi suerte. Rosa recordó el tiempo que tenía para planchar, hizo cuentas y comenzó su tarea. Primero fueron las veinticinco prendas que estaban en el cesto, mucha ropa de trabajo y ropa blanca. Después siguió con el mantel rojo que estaba puesto en la mesa. A continuación, las cuatro macetas con potus de la casa, que le llevaron algo de tiempo ya que tenían muchas hojas y tallos, pero lo logró. Después, la pared de salpicré, que quedó lisa como la seda, las patas torneadas de la mesa y las sillas, los almohadones de seda arrugada y la alfombra peluda. Se encargó en el baño del papel higiénico, que tenía unas rugosidades impresentables; bajó la temperatura de la plancha para esto. En la cocina encontró un par de coliflores blancos, algunas naranjas y kiwis, que dejó lacios y prolijos; también las bolsas de polietileno, que estaban hechas un bollo, y unas galletitas de miel, que tenían unas grietas importantes. Todo marchaba bien. Rosa estaba muy contenta, si seguía así el tiempo le alcanzaría.

El problema fue la esponja de acero, que la esperaba enrulada junto a la pileta de la cocina. O tal vez fue la plancha, que no era de vapor sino de las viejas de metal. Lamentablemente, Rosa nunca quiso admitir que hay cosas que deben quedar como están.

3 comentarios:

  1. ¡Me encantó, Verónica! Qué bueno que hayas vuelto al cuento, al microrrelato.

    Al comenzar a leer uno cree que está ante un relato realista y lo vas deslizando espléndidamente hacia lo increíble.

    Sólo una cosita, de metiche (pero recuerda que es una mera opinión, espero que no te moleste): en el anteúltimo párrafo, hacés aparecer al narrador “...bajó la temperatura de la plancha para esto, debo decir...”. Creo que esa aparición, que si no me equivoco no se repite en el resto del texto, ¿no sería mejor evitarla? Pero no me hagas caso.

    El final redondo redondo.

    Saludos.

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  2. Gabriel, muchas gracias.

    Cuando lo escribí, tuve esa misma duda y por esa misma razón. "¿Dejo el "debo decir" o no? Veo que nuestras lecturas coinciden, así que extirparé pronto. :-) Muchas gracias por la sugerencia.

    Saludos.

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  3. ¡Gracias Vero! por llevarme a un lugar, donde todo podría plancharse y algunas arrugas "deben quedar como están"

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