lunes, 15 de agosto de 2011

Habitación 409

Jacinta
(que en otros tiempos fue
mujer de boca fácil,
pezones dulces,
y habitaciones breves)
no sabe en qué día está, solo su nombre.

Los enfermeros vienen a tocar su cuerpo viejo,
manosean sus pañales, huelen, miran,
a ver si hay deposiciones,
excrementos,
caca,
mierda.

A Jacinta le gusta el enfermero rubio,
que viene a revisarla a las diez treinta,
que le cambia los pañales y le canta
soy ese vicio de tu piel
que ya no puedes desprender
soy lo prohibido
al ritmo de la gota
del suero que cuelga.

Está muy lejos, Jacinta. Está perdida.
Pero la mujer de ochenta mira al médico,
mira la pared, no dice nada.
Ya se lo han dicho a los veinte las mil manos,
los hombres que llovieron en su cuerpo,
las vecinas que temían su presencia.

Jacinta mira la tevé y espera.
La silla de visita está vacía y qué importa.
No sabe bien qué día es; ella sonríe.
Son diez y cuarto y dios va a venir a verla.

3 comentarios:

  1. Carajo! me encantó.
    Me encantó la forma en que está escrito.
    Me hubiera gustado que el último verso no fuera tan explícito, porque me parece que ese final está escrito tácitamente a medida que el poema avanza.
    Pero más allá de eso, me gustó muchísimo. Casi que pude ver a la vieja, sola, esperando lo que ya sabe y lo que las mil manos le dijeron.

    Un abrazo!

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  2. Gracias, Paula y Matías (me tomo el tiempo para contestar, je, je).

    Matías, todo depende de cuál sea la interpretación de «dios» y su relación con el horario... :-)

    Saludos para ambos.

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