miércoles, 27 de julio de 2011

Del poeta y su melancolía. Cuasiprólogo

En octubre de 2000 escribí este prólogo para la reedición del libro de un poeta amigo de ese momento. Después de leerlo y evaluarlo, mi amigo lo rechazó. Le habían dicho que un prólogo así no le convenía a su libro y no fue publicado. Hoy, casi once años después, lo publico aquí para hacerle algo de justicia a mi texto (y solo a mi texto).

Del poeta y su melancolía
Cuasiprólogo

Dicen que hay una esquina de Buenos Aires que nadie ha visto, una encrucijada a la que nadie ha llegado. Allí moran los dioses. Algunos hombres poco juiciosos han intentado llegar a ella y se suben a los taxis de la ciudad pidiendo que los lleven a las esquinas más insólitas. Pero no pudieron verla. Otros, en cambio, sentados en la puertas de sus casas, aseguran que es invisible.

Enayre, efímero como el amor, se elevó del empedrado una noche sin luna. Desde entonces, el padre de los dioses sobrevuela la ciudad con sus sombras. Es guardián del orden y tiene en su poder dos grandes vasijas que contienen una, polvo de amor, la otra, de desengaño. Cuando un hombre nace en la ciudad, Enayre esparce sobre él un poco de uno y otro polvo. Algunos reciben más amor que desengaño, otros, más desengaño que amor y los más desafortunados, sólo desengaño. Nadie recibió sólo amor.

Aray, la de ojos de gato, es la diosa del dolor. Hija de Enayre, nació de los amores de aquel con la luz de un farol. Ella vaga por las calles arrastrando los pies, con las manos extendidas. Busca un hombre a quien besar, pero su beso, dulce al principio, deja en los labios un sabor amargo que crece hasta alcanzar el corazón. A cambio, otorga al besado el don de la poesía. El poeta nunca sabrá quién lo besó de ese modo y creerá que tuvo ese don desde siempre.

Estando yo en un bar viejo, cuyos ventanales daban a una estación de tren, escuché a unos viejos decir que solo los poetas podían ver a los dioses. Me acerqué y les pedí que me contaran más.

—Los poetas tienen un algo que les permite ver a los dioses.
—Es cierto, son tipos raros.
—¿Y cómo hacen para verlos?
—Los dioses siempre buscan a los poetas. Se les aparecen. Para que les canten, ¿vio?
—Sin los poetas los dioses no tendrían ojos de gato, ni serían efímeros como el amor, ni se parecerían al vuelo de las aves.

Recuerdo que un hombre borracho vociferó que no había que creerles a los poetas, que eran todos mentirosos. Una mujer de mala vida comentó que sin poetas no se podría vivir y otra, que la acompañaba, agregó que ella había conocido una vez a un poeta. El dueño del bar pidió silencio y dijo que él conocía a un hombre que había visto a los dioses. Unos muchachos que habían estado barajando se fueron al mazo, una señorona de sombrero verde acercó su silla y los borrachos vaciaron sus vasos y los llenaron de soda.

Yo conocí a un hombre que vio a los dioses —dijo el del bar—, era un hombre común. Bah, lo parecía. Venía siempre acá. Héctor... Sí, Héctor se llamaba. Siempre se sentaba en esa mesita, frente a la ventana. Venía con otros, jovencitos como él, y se ponían a jugar al ajedrez. Casi todas las veces ganaba él, a veces algún otro. Una tarde vino solo, se sentó y desplegó su tablero, ubicó las piezas y esperó. Yo me acerqué y le pregunté si quería ir tomando algo. Para la espera, ¿vio? Pero me dijo que no, que esperaba a alguien. Pero, ¿sabe? No miraba el reloj, como cuando uno tiene una cita o algo por el estilo. Él se sentó ahí, muy serio. Y mire que él tenía algo en la mirada, algo así como una melancolía, pero esa tarde estaba serio.

—¿Y quién apareció?
—Nadie entró pero en un momento veo desde la barra que el tipo empieza a mover las piezas.
—Estaba loco. Ésta es una historia de locos —se quejó un borracho y se sirvió más tinto.
—No. Yo pensé lo mismo en ese momento así que me acerqué nomás y fingí limpiar las mesas.
—¿Y qué vio?
—A él le habían tocado las blancas. Había movido dos peones nada más. Las negras estaban en su lugar pero le faltaban dos peones. Lo extraño era que a medida que el flaco movía sus piezas, las negras iban desapareciendo. Primero un par de peones, luego los caballos, los alfiles. Pensé que era un truco de magia y le hablé.
—¿Y qué le dijo el tipo?
—No me oía. Yo le hablaba, le preguntaba... No me oía. En eso, me fijo bien y empiezan a desaparecer las piezas de él. De a poco, primero un peón, uno que otro alfil. Cuando perdió la reina, le cambió la cara. Estuvo así como una hora. Después se quedó un rato mirando el tablero y finalmente me llamó.
—¿Y usted fue? –preguntó la señorona.
—Claro, pero no le dije nada. Me hice el otario, ¿saben? A ver si todavía... Estaba raro el pibe. Se lo notaba cambiado. Esa nota de melancolía de los ojos se le había acentuado. Seguramente habrá visto la curiosidad que yo tenía encima y me contó.
—¿Le dijo todo?
—Sí, se había encontrado con la diosa —dijo y se secó las manos con un repasador.
—¿Qué diosa?
—La del dolor.
—¿Y cómo la pudo ver si no era poeta?
—Pero ahí está la cosa. Quería serlo. Y la diosa le vio ese mirar lleno de melancolía. Él venía para la estación cuando, al doblar una esquina, sintió una presión en el pecho, retrocedió un paso y la vio.
—¿Cómo era?
—No me quiso decir, pero de seguro era lindísima. ¿Qué estaba diciendo yo? Ah, sí..., que la había visto. Entonces la diosa lo miró profundo y le habló. Le dijo que no había encontrado nunca un hombre así, que quisiera ser poeta. "Querer ser poeta es querer el dolor", le dijo la diosa.
—¿Y él qué le dijo?
—Que lo quería igual. En eso, ella lo toma de la mano, le acaricia la mejilla y lo besa.
—Pobrecito.
—Pero no termina ahí. Y me dijo él que se sintió muy bien pero tan triste al mismo tiempo. Y se le ocurrió un verso y otro y otro... Ella le sonrió y tuvo piedad de él. No quería que sufriera tanto. Porque los poetas sufren mucho, ¿saben? Entonces la diosa le dio otra oportunidad. Le dijo que jugarían una partida de ajedrez. Si él ganaba ella le iba a dar un poco de polvo de amor que le había robado a su padre, pero si ganaba ella, continuaría el efecto de su beso para siempre.
—¿Y ganó?
—Nadie sabe. Pero se sabe que amó.
—¿Y lo volvió a ver?
—No, pero me dejó una servilleta escrita al partir. A ver... la tenía por acá. Fíjense estos versos: “La imposibilidad de volver / A lo que quizás / Jamás existió,/ Esa melancolía.” Y de esta otra poesía me quedaron los versos finales, el resto se me borroneó (es una lástima), pero escuche, escuche esto: “Y aquí me he quedado / Casi loco / Ciego / Y mal habido”.
—¿Y usted qué cree? ¿Habrá ganado?

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