martes, 28 de junio de 2011

El débil

A Jorge Luis Borges, el fuerte.

Que un hombre de caballo y apero como yo, de vida simple y solitaria baje la cabeza frente a una mujer, es humillante y se hace solamente una vez.

Nos decían los Colorados o los Nilsen y nos temían. Vivíamos en Turdera, mi hermano y yo, solos en una casa de ladrillo sin revocar. Teníamos unos buenos pingos de pura sangre y una carreta decente con la que nos ganábamos la vida. Nos gustaban más los caballos que levantarnos temprano para trabajar. Éramos y habríamos de ser malevos toda la vida. Yo, el menor, era el más blando. Tal vez por eso mismo Juliana me prefirió.

Cristián la encontró una noche y no tardó en traerla. La sorprendí barriendo el patio una madrugada de copas. No le dije nada y pasé al fondo. La Juliana era una china rara de ojos grandes y caderas anchas. Se cimbreba de una manera que no volví a ver. Al principio me creí que la prenda, todavía joven para mi hermano, volaría rápido. Pero en cuanto vi que la Juliana tenía dueño, me fui a Arrecifes para cambiar caballo. Tres en la casa grande éramos demasiados. Visité varios pueblos y me contenté con una mujer de tez morena y ojos como la sombra, con poca gracia para caminar y para callar. Estuvo en la casa tres días, me secó de tanto hablar, hasta que se animó una tarde, a la hora de la siesta, a toquetear la daga que había quedado con mis pilchas. La eché y volví a la juerga. No podía estar bajo el mismo techo que Juliana, sabiendo que el Cristián y ella, cada noche estaban juntos. Pasaba la noche afuera, borracho, lejos de los dos.

Cuando vi el oscuro de Cristián atado al palenque, inquieto, sacudiendo las crines, supe que sería noche larga. Me quedé callado. Cristián estaba con pilchas de farra, se iba y como al pasar me dijo: 

-Ahí la tenés.

Y no la usé, como Cristián me sugirió. Ella aceptó su papel desde el principio y sólo por ella me enteré del mío. No me importaron la humillación, los párrocos o las habladurías. Con ella, yo hacía un hogar cada tarde. Con ella, Cristián la convertía en intrusa cada noche.

La vendió a un tugurio de mala muerte. La busqué hasta encontrarla medio muerta y cansada en una habitación raída. Me reconoció, creo, por la voz o por el cuerpo, no sé. Él también volvió a ella. Y no tuvimos más remedio que traerla de vuelta. Omar Ayala me dijo que el Cristián no la quería, sin siquiera sospechar lo que sabía el pueblo. Me moría de rabia pero lo defendí. Hice lo mismo varias veces por aquella rata.  Era mi hermano. 

La Juliana callaba. Nunca le arranqué lo que pensaba, si es que la pobre podía pensar algo al respecto. Ahora sólo creo que no se permitía pensar nada. Me quería, con la mirada juraba que me quería. Sólo conmigo cantaba o reía. La sentía tan ajena, sin embargo. 

Mi hermano se cansó de compartirla. Vino y me pidió que lo ayudara con unos cueros. La había matado. Tuve que ayudarlo con el cuerpo, que nunca había visto tan transparente. Me dio asco verla así, tan frágil. Cristián estaba satisfecho, se restregaba las pilchas y apisonaba la tierra. Me tiré sobre él, el corazón enloquecido. Cuando me abrazó, saqué la daga afilada y la alcé hasta la mitad de su espalda. Y la dejé caer.  Era mi hermano.

1998

2 comentarios:

  1. Verónica: hay que tener valor para meterse con un texto de un peso pesado. Valor, sí; pero además talento. Y ambas cosas están presentes en tu cuento de manera generosa. Una narración impecable y un acierto la utilización de la primera persona.

    ¡Felicitaciones!

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  2. Muchas gracias, Gabriel. El cuento de Borges es uno de mis preferidos y esto fue más un juego literario que otra cosa, el deseo de armar un texto que me ligara de alguna forma al maestro que tanto admiro. Quiero decir que no le puse más expectativa que el juego, por lo que recibir un elogio como el tuyo no solo me asombra sino que me llena de satisfacción. Gracias de nuevo.

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