jueves, 29 de abril de 2010

Tiempo para leer arrellanada en un sillón

Siempre me gustó el adjetivo-participio "arrellanada", pero son muy pocas las oportunidades para utilizarlo. El adjetivo y el título de esta notita vienen a cuento porque voy a tener un par de días de paz para dedicarme a la lectura y creo que voy a retomar, esta vez, a mis cuentistas favoritos, un poco con la excusa de preparar las clases de Literatura para mis alumnos, un poco con el deseo ferviente de retomar la lectura del cuento en general, al que abandoné hace unos años.

Hoy es un día soleado espléndido para sentarme a leer en el balcón en uno de mis sillones de mimbre y con un lindo sahumerio. Eso y Poe o Wilde o Quiroga. ¡Qué compañía de lujo, eh!

Creo haberlo mencionado ya en este espacio, pero uno entra en años y comienza a repetirse. Me inicié escribiendo poemas, pero mi sueño era convertirme en cuentista. Hice algunos intentos que hoy considero fallidos. Recuerdo torturar a mis compañeros de taller literario, en los noventa, con cuentos larguísimos y lacrimosos o cursis hasta el hartazgo. Después me costó menos trabajar el texto lírico y a eso me fui dedicando como escritora y como crítica, pero sigo sintiendo un amor muy intenso por el cuento.

La novela me gusta, pero admiro la brevedad. Que un tipo sea capaz de crear un mundo con un puñado de personajes y un par de escenarios solamente me parece admirable. Creo que esto se relaciona con el poema en cuanto al puñado de elementos. El poema exige cierta brevedad; si bien hay excepciones, creo que la brevedad es una característica muy importante del poema. La síntesis. Una sola visión. Una sola revelación.

Comenzaré con Poe. Lo he decidido al escribir estas líneas. Mi querido Poe, allá vamos (o volvemos, ya que se trata de una relectura)...

jueves, 22 de abril de 2010

Sin final feliz...

Hoy terminé de leer a Ana. Un diario inconcluso, sin final. ¿Pero acaso a quién deja la muerte con todo cerradito, perfecto y sin cuentas pendientes? De todos modos, el sabor amargo no se va. Ana no tuvo el final feliz que deseaba, ni su libertad, ni ese compañero en quien pudiera confiar ciegamente y admirar.

De todas maneras, estos dos párrafos que cito me dieron cierto consuelo y regocijo, porque algo de lo que Ana soñaba (ser escritora) sucedió: su diario es la mejor prueba.


"Estoy persuadida, Kitty, de que hoy me hallo un poco descentrada, ignoro verdaderamente por qué. Todas las cosas se confunden, no llego a encadenar, y dudo muy seriamente que, más tarde, alguien pueda alguna vez interesarse por las tonterías que vuelco en estas páginas. Confidencias del Patito Feo. Tal será el título de mis papelotes." (14 de abril de 1944) 
"Ahora, otra cosa. Ya sabes desde hace tiempo cuál es mi mayor anhelo; llegar un día a ser periodista, y más tarde escritora célebre. ¿Seré capaz de concretar mi ambición? ¿O es mi manía de grandeza? Habrá que verlo, pero hasta aquí los temas no me faltan. En todo caso, después de la guerra, querría publicar una novela sobre el anexo. No sé si lo conseguiré, pero mi diario me servirá de documento." (11 de mayo de 1944)

martes, 20 de abril de 2010

Cruzar o no cruzar el charco

Borges, te tengo muy presente. Dos hechos simples me lo demostraron hoy:
  • Hoy se pronunció el Tribunal de la Haya sobre el conflicto entre la Argentina y Uruguay en cuanto a la pastera Botnia: nadie cruza el charco.
  • Hoy encontré una canción maravillosa llamada Ana Frank de la cantautora uruguaya Rossana Taddei: el amor acaba de cruzar.
Una variante de acá de Juan López y John Ward...

(Sólo espero que la contaminación no sea cierta, porque en estas cuestiones perdemos todos).

lunes, 19 de abril de 2010

De Ana Frank, su lucidez y un lector ¿imaginario?

"Para quien tenga miedo, se sienta triste o desdichado, el mejor remedio es salir al aire libre, y buscar un lugar donde esté solo con el cielo, la naturaleza y Dios. Únicamente entonces se siente que todo está bien así, y que Dios quiere ver a los hombres felices en la naturaleza simple pero bella".
La cita es del Diario de Ana Frank. Está tomada de la versión publicada por Marymar, en 1977, con traducción de Aymará Ledesma, de un notable cuidado lingüístico. El libro, además, tiene una nota de color y es que se lo pedí prestado a mi ahijada Gretel hace... mmm, unos quince años creo, y hasta el momento sigue en mi poder. Una total desfachatez la mía.

Ojalá a los trece, catorce años yo hubiera escrito con esa claridad de pensamiento. A los trece, yo escribía niñerías, palabrejas cursis y con poco valor.

Cuánta razón tenía Ana. La leo estos días y me conmueve. Tanta vida quedaron en esas páginas...

Yo llevo un diario, pero no tengo la lucidez ni el recato de Ana, tampoco el mérito literario de Pavese. Sigo preguntándome para qué escribo. No es desahogo. El desahogo, al menos en el escritor que aspira a serlo cabalmente, no alcanza. Concibo la escritura como la búsqueda del otro, busco una conexión.

En muchos casos, no he pasado de un jubiloso "qué lindo"; en otros, me han tocado los amargos "no entiendo qué querés decir"; en los peores casos, simplemente lo han confundido todo.

Dicen que hay un libro para cada lector. ¿Y al revés? ¿Habrá un lector para mi poesia? Mejor no responder a esa pregunta hoy, así de negativa como me siento sobre este tema.

viernes, 16 de abril de 2010

Melancolía

Hoy es un día melancólico. Hoy se me dio por pensar para qué escribo. Hoy me contesté que no sé. Y lo peor es que no sé si alguien me lee...

miércoles, 14 de abril de 2010

Bennett y un poema seguidor como perro de sulky

Hay cosas que te cambian la vida, cosas pequeñas como el sabor de la comida que te hace una persona amada o tener una canción preferida. Te modifican para siempre. Y, una vez conocidas y hechas propias, ya nada vuelve a ser como antes. No se puede concebir la vida sin ellas.

Una de esas cosas que me cambió la vida fue escuchar cantar a Tony Bennett. Nunca antes había escuchado jazz y, de hecho, estaba llena de los prejuicios ante los que muchos solemos rendirnos. Esa música no me va a gustar. Y me enamoré de su voz. En esa época, eran los noventa creo, escuchaba a Tony Bennett mientras leía novelas e imaginaba mi futuro como cuentista y me preguntaba cómo sería físicamente el hombre dueño de esa voz. Pensaba, tal vez influenciada por los cantantes de jazz que conocía en ese momento o, más bien, por el estereotipo, la idea de cantante de jazz que tenía en la cabeza, que era negro. No puedo explicar mi sorpresa cuando lo vi en una película y era un blanco canoso. ¡Así que ése era Tony Bennett!

Una de mis canciones preferidas de él es Autumn leaves, cuya letra copio aquí. Cortita, pero tan intensa.

Autumn leaves
The falling leaves
drift by my window.
The autumn leaves
of red and gold.

I see your lips,
the summer kisses,
the sunburned hands
I used to hold.

Since you went away
the days grow long
and soon I'll hear
old winter's song.

But I miss you most of all,
my darling,
when autumn leaves
start to fall.

Y aquí, una traducción de esta casa:

Hojas de otoño

Las hojas que caen
se amontonan en mi ventana.
Las hojas de otoño
rojas y doradas.

Veo tus labios,
los besos de verano,
las manos bronceadas
que ayer sostuve.

Desde que te fuiste,
los días pasan lentos
y pronto escucharé
una canción de invierno.

Pero te extraño más que a nada,
mi querida,
cuando las hojas de otoño
empiezan a caer.


Creo que es una de las letras más bonitas que leí acerca del otoño. Habla del otoño, de la melancolía y del amor, sin caer en lugares comunes, algo bastante difícil. Y usa ese "my darling", lleno de una ternura inmensa. Es un poema muy sencillo. La clave del amor está en "I miss you" y "my darling"; el resto se resignifica en la estrofa final. Y debo corregirme: la composición del poema no es sencilla, es más bien austera.
 
Lo que más me gusta de este texto es que, en él, las cosas, los objetos, hablan de los sentimientos. No hay un yo lírico que dice todo lo que le pasa, apenas hay un "te extraño" y un "mi querida", sin el dramatismo de los poetas románticos. Hay un tono algo seco, austero, que calla más de lo que dice, y ese tono es lo que más me gusta. Hace que el poema diga mucho más con ese tono que con el dramatismo habitual.
 
Estos días, que estuve trabajando tanto, necesité acompañarme de música y reproduje unas cuantas veces esta canción, que me sigue y reaparece cuando menos me lo espero. Hoy se me ocurrió buscar la letra y no lo podía creer: resulta que el texto original, en francés, es de Prévert.
 
¡Claro! ¿Quién más, si no, podría escribir sobre los sentimientos con ese tono adusto, a través de los objetos? Conocer el origen de esta letra me llenó de alegría hoy. No he descubierto la pólvora, pero encontré la razón de por qué me gusta tanto, pero tanto, esta letra. La respuesta había sido siempre "Prévert".

martes, 13 de abril de 2010

Reflexión: de poetas y generales

Tener algo para decir y también las posibilidades de expresarlo libremente (me refiero a la libertad que da el dominio de la lengua) es algo tan glorioso como el segundo que precede al orgasmo o a un triunfo marcial. El poeta siente el placer físico de la palabra que vendrá así como el general se deleita con la cercanía de la victoria.