jueves, 28 de octubre de 2010

El fin

Ese día había madrugado. Había censo en el país.
Había tomado café, lo recuerdo,
algo raro en mí.
Había barrido los ambientes.
Pintaba la puerta de la cocina,
así me enteré,
de entrecasa y con las manos sucias,
cuando la muerte del político llenó la tele.
Entonces el feriado se convirtió en extrañeza.
Ya nadie habló de las preguntas y respuestas,
ni del Indec ni de estadísticas falseadas.
Simplemente llegó el mareo de la muerte
con esa alegría estúpida de que sea de otro.
A la tarde las pancartas volvieron a la Plaza.
Una señora con un cartel, fuersa cristina.
La gente con velas de llanto. Hizo tanto por nosotros.
Hoy, todos de negro. Mujeres de anteojos.
Me gustan los wayfarers de la hija.
Y la gente desfila ante el hombre muerto y sus deudos,
rinden honores como soldados ante un general.
Pasan y lloran y gritan.

Yo no lloro. No pensaba como ese hombre
que ahora entra en una caja.
Pero me da miedo el fin,
esta muerte que amaga un hachazo a la cara
y que se tiende en puñalada profunda al corazón.

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