jueves, 7 de mayo de 2009

Anonimato, lazarillos y chiquilines de Bachín



Ayer leía un artículo muy interesante en la bitácora de Paulmx que me dejó una idea rondando: el anonimato. Si bien éste no era el tema central del artículo, me resultó tan interesante este pequeño párrafo, casi oculto al final, que quiero hacer aquí un comentario.

Pablo, el autor de la bitácora, dice:
Por eso pienso que es necesario volver a un estadio anterior del Arte. Desaparecer la firma. Como en la Edad Media en la que el trovador o el juglar eran anónimos. El anonimato no suprime la individualidad humana, sino que la expande.


Pues bien, siempre me han obsesionado las fechas exactas, los autores, la historicidad. Me he obsesionado por la precisión. Esto me llevó a, por ejemplo, escribir fecha y hora (con segundos incluidos) cuando termino de escribir un poema. Debo decir que, con algo de constancia, he dejado de escribir la hora, pero la fecha sigue. Se trata de una cuestión de orden, de registrar los hechos para evitar que se diluyan en el tiempo. Es que tengo miedo al olvido, que se come todo.

Por eso, cuando empecé a estudiar Literatura, me resultaron imposibles el Poema de Mio Cid y Lazarillo de Tormes. ¿Cómo que son anónimos? ¿Acaso fueron de generación espontánea? No, claro que no. Detrás de ellos, había autores de carne y hueso. ¿Cómo que no se sabe quién los escribió (y esto lo digo muy a pesar de lo que diga Colin Smith)?

Ayer, cuando leí esta opinión de Pablo sobre el anonimato, sentí que se trataba de una idea revolucionaria, al menos para mí. Curiosamente, ayer a la noche fui al cine a ver Duplicidad y uno de los personajes comenta que, para él, la evolución humana se ha detenido y que ahora la evolución es corporativa, comunitaria. Vaya, entonces es cuestión de expandir el conocimiento, no intentar apropiarse de él y evolucionar como comunidad, como Humanidad.

Todos estos pensamientos sobre el anonimato me hicieron regresar al lazarillo de Tormes y reconciliarme un tanto con su autor anónimo. Y de tanto lazarillo, tanto lazarillo en mi cabeza, recordé la letra de un vals de Horacio Ferrer que, inevitablemente, me hace recordar al pequeño español. Infancia castigada, lamentablemente, hay en todos lados.

Chiquilín de bachín
(Vals)
1968

Por las noches, cara sucia
de angelito con bluyín,
vende rosas por las mesas
del boliche de Bachín.
Si la luna brilla
sobre la parrilla,
come luna y pan de hollín.

Cada día en su tristeza
que no quiere amanecer,
lo madruga un seis de enero
con la estrella del revés,
y tres reyes gatos
roban sus zapatos
uno izquierdo y el otro ¡también!

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleame con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.

Cuando el sol pone a los pibes
delantales de aprender,
él aprende cuánto cero
le quedaba por saber.
Y a su madre mira,
yira que te yira,
yira que te yira,
pero no la quiere ver.

Cada aurora, en la basura,
con un pan y un tallarín,
se fabrica un barrilete
para irse ¡y sigue aquí!

Es un hombre extraño,
niño de mil años,
que por dentro le enreda el piolín.

Chiquilín,
dame un ramo de voz,
así salgo a vender
mis vergüenzas en flor.
Baleame con tres rosas
que duelan a cuenta
del hambre que no te entendí,
Chiquilín.

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