viernes, 17 de abril de 2009

Notas sobre el soneto

Hoy en día hay una escritura de poemas más desestructurada. Si bien la forma existe, no es una forma fija predeterminada a la que se ajusta el poeta. El ritmo existe, pero la forma ya perdió el nombre. Con esto, quiero decir que en la escritura actual no hay tantas églogas, sonetos, madrigales ni silvas, por poner un par de ejemplos.

Esto es una tendencia, claro. En cuestiones de movimientos literarios, no se puede hablar más que de tendencias. Seguramente hay poetas aquí y allá que se han inclinado por estas formas tradicionales y bien que lo hacen. Sin embargo, uno va a las tiendas de libros, abre alguno de poemas al azar y lo que encuentra son poemas más libres, no tan atados a formas preexistentes.

El soneto es una de estas formas que menciono. Está compuesto por 14 versos endecasílabos (de 11 sílabas) distribuidos en dos estrofas de cuatro versos (cuartetos) y dos estrofas de tres versos (tercetos). No es una forma fácil como para comenzar la escritura, pero con el tiempo surge algo así como una amistad y a algo se llega.

Se trata de una composición poética que surgió en Italia y más tarde, en el Renacimiento, fue introducida en España por el poeta Juan Boscán, que la conoció de traducir textos italianos. (Por eso, nada de tradittori los traductores, que a uno de ellos le debemos el soneto).

Pero lo mejor es ir a las fuentes. Hay varios sonetos famosos. Ya publiqué en este diario uno de Baldomero Fernández Moreno. Incluiré aquí dos más a modo de ejemplo. El primero es de Garcilaso de la Vega; el segundo, de Neruda.

Soneto XXXVIII
Estoy contino en lágrimas bañado,
rompiendo siempre el aire con sospiros,
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy y en lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para hüiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía
ejemplos tristes de los que han caído;

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.

Garcilaso de la Vega, Cancionero (Poesías castellanas completas), Bruguera, Barcelona, 1982, p. 34.

Soneto XVII
No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.

Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.

Te amo sin saber cómo, ni cuando, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,

sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, Editorial Planeta, Buenos Aires, 1993, p. 26

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