lunes, 9 de marzo de 2009

Metáforas

Dicen que los niños son crueles. No sé qué será esa crueldad. Tal vez es que los niños dicen las cosas como las ven y no hablan con máscaras, lo cual es totalmente meritorio. El caso es que las cosas que a uno le dicen de niño quedan grabadas para siempre en la memoria.

Yo era una inocente niña de seis o siete años cuando me dijeron que tenía pies de empanada. Fue una tragedia para mí. No quería tener pies de empanada, y sin embargo... algo en la forma de mis pies pequeños y redondeados hacía que la expresión fuera certera como una flecha en el blanco.

Tendría doce años cuando el hermano de una amiga miró mi nariz y me dijo que tenía nariz de sacapuntas. Otra tragedia. Yo quería tener nariz con forma de nariz, no de objeto. Me llevó un tiempo aceptar que la metáfora era tan certera como aquella de las empanadas.

Las metáforas inundan nuestra vida; no nos damos cuenta por lo general. Algunas son un poco más agradables que otras, pero están ahí, nos rodean. Siento fascinación por esta sabiduría popular, por esta creación del pueblo, casi a ciegas, casi por instinto.

En la construcción de un poema, nos puede sorprender un silencio de radio cuando pensamos en metáforas, comparaciones, cuando buscamos una imagen fuerte y precisa para decir lo que queremos. Las metáforas suelen parecernos distantes, lejanas, difíciles, frías. Vaya si requieren trabajo. Y por otro lado están ahí, en todos lados, en las charlas de todos los días. Nos hablan con metáforas el meteorólogo de la televisión, nuestro compañero de trabajo, nuestras primas... sin necesidad de dedicarse a la poesía.

Así, vamos por la vida con pies de empanada y narices de sacapuntas, o con lo que a cada uno le ha tocado, llevando las metáforas a cuestas, viviéndolas con intensidad, y cuántas veces sin siquiera sospecharlo.

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