sábado, 4 de octubre de 2008

Olor a libro viejo


Me gustan las librerías de viejo. Entrar, ver los estantes, las pilas de libros, cierto desorden. Nada de libros recién salidos de imprenta, ni tapas impecables, envueltas en celofán. Yo me quedo mil veces con los libros amarillos. Para mí, tienen corazón de vainilla, son como fruta dulce, madura, que está lista para ser comida.

Tengo varios libros de éstos en casa. Hay uno al que le tengo especial cariño: Poemas arabigoandaluces, de Emilio García Gómez, editado por Espasa Calpe Argentina. Es más viejo que yo: dice "acabado de imprimir el día 15 de noviembre de 1940". Y sin embargo, hizo el caminito de libro bien aprendido y sobrevivió muchos años hasta llegar al lector que lo iba a amar de por vida.

Se trata de una antología de, como bien dice el título, poemas arabigoandaluces. Aquí van dos, elegidos al tuntún porque todos me gustan.

El nadador negro
Un negro nadaba en un estanque, cuya agua no ocultaba los guijarros del fondo.
El estanque tení la figura de una pupila azul, donde el negro era la niña.

De Ben Jafacha, de Alcira (1058-1138)

La tormenta
Cada flor abría en la oscuridad su boca, buscando las ubres de la lluvia fecunda.
Y los ejércitos de las negras nubes, cargadas de agua, desfilaban majestuosamente, armadas con los sables dorados del relámpago.

De Ben Suhayd, de Córdoba (992-1034)

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