martes, 30 de septiembre de 2008

Ser poeta cuesta un ojo de la cara


Hoy me vino a la cabeza Odín, el dios principal de la mitología nórdica. Es el dios de la poesía y la sabiduría, entre otras cosas. Dicen que un día llegó a un lago, junto al que crecía un fresno. El guardián, llamado Mimir, le explicó que ésa era la fuente de la sabiduría, de la poesía. El futuro se veía claramente en el fondo del lago. Además, quienes bebían de sus aguas se volvían sabios y poetas.

-Quiero beber de esas aguas-, dijo Odín.
-Bueno, pero esas aguas no son gratis. Deberás pagar el precio de ser sabio y poeta-, le contestó Mimir.
-Lo pagaré.
-¿Aunque ser poeta cueste un ojo de la cara?

Odín no lo dudó. Se arrancó el globito ocular sin miramientos (el chiste era demasiado fácil, perdón) y se lo dio a Mimir, que lo tiró al lago para asegurarse de que Odín no lo recuperara (se ve que no sabía nadar).

Nunca una historia fue tan literal y tan cierta. ¡La poesía cuesta un ojo de la cara! Esto, claro está, significa cosas diferentes para cada uno. Las cosas que le parecen imposibles a uno le resultan pan comido a otro, y viceversa.

Mi ojo de la cara son las presentaciones y las lecturas de poesía. Me ponen nerviosa y, a esta altura, es una regla general. Soy una persona tímida. Hablar de mis poemas, recitarlos, que otros me vean escribir o leer me da mucha vergüenza. No puedo evitarlo. Y, si a esto le sumamos lo poco histriónica que soy...

Hoy no es una excepción a la regla. Llegó el día que les anticipé hace poco más de un mes: esta tarde es la presentación de Verso a verso en la sede de la editorial Dunken.

Adivinan bien: estoy nerviosa, amigos. Pero, qué va. A apechugarla. Es el precio que tengo que pagar por la poesía. Al fin de cuentas, si pudo Odín, ¿por qué yo no?

Nota: El dibujo bellísimo que ilustra esta entrada es de Etringita, que administra la bitácora Pequeñeces.

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