lunes, 9 de junio de 2008

Esas peligrosas etiquetas

Siento afición por cosas que a muchas mujeres no les gustan: TC, boxeo, tiro, fútbol. Y, si hablo de fútbol, debo decir que soy de Boca y de Nueva Chicago, un equipo grande y uno chico.

Para los que no sepan, ayer se definió el campeonato local. Ganó River por poca diferencia de puntos. Boca jugó ayer y ganó, pero no bastó. Lamentablemente, para estas cosas no hay nada peor que un lunes. Hoy llegué a la oficina y estaba todo lleno de globos rojos y blancos. Un compañero, fanático a morir de River, decoró convenientemente. Gastadas todo el día. Insoportable.

El fútbol tiene estas cosas. A veces te toca a vos festejar; a veces le toca a otro. Y es inevitable sentir cierta envidia cuando lo bueno le toca al de al lado. Esto es válido en todos los ámbitos.

Las pasiones nos llevan a portar banderas, alinearnos detrás de ciertos estandartes, nos dividimos en grupos según los estandartes que seguimos. Fragmentamos el mundo. Vos sos de tal; yo soy de cual. Somos distintos. Somos opuestos. Pero siempre soy yo el mejor. Son peligrosas estas pasiones.

Con la poesía, pasa más o menos lo mismo. Clasificamos, ponemos etiquetas. Vos sos modernista, yo soy clasicista, y la mar en coche. La etiqueta nos alcanza. ¿Pero nos alcanza? La etiqueta termina cabalmente de darnos la información sobre la poesía. ¿Es prudente situar a un autor en una corriente de manera fija? ¿Es prudente estudiar la poesía a partir de los movimientos literarios?

Yo creo que no. Y le pongo mi etiqueta.

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