martes, 6 de mayo de 2008

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Ayer no aguanté más. No le dije a nadie y mandé un correo electrónico a la Editorial Dunken para ver si ya estaban los resultados del concurso. La ansiedad me estaba consumiendo.

Y recién me llegó la respuesta. Estoy re triste. Ganó Federico Aisemberg. Me alegro mucho por él, sinceramente. Sé lo que significa el premio y me alegra que otro poeta pueda publicar sus textos gracias a la ayuda de la editorial. No leí nada suyo, pero debe de ser un excelente poeta. Pero lo cierto es que estaba ilusionada. La idea de publicar mi libro, todito mío, era dulce, y esta vez no estaba tan lejana. O eso creía. Tenía esperanzas.

Hoy todo lo que publico está aquí. El libro es un torero que me está esquivando... ¿Es bueno? Todo sucede por alguna razón. Maldita frase. Quería publicar mi libro.

Recién le mandé un mensaje de texto a Sergio para contarle. Tengo los ojos llorosos, no puedo impedirlo. Soy bastante llorona, pero esta vez no es una película sensiblera o un gesto de amor de los que quiero, hoy lloro porque estaba muy cerca de mi sueño mayor y se me escapó de las manos. No quiero hablar con nadie. Estoy en el trabajo y, si por mí fuera, me levantaría y me iría, así simplemente. Pero no puedo. Tengo que aguantarme el nudo en la garganta todo el día hasta llegar a mi cama y, como una nena de 5 años, acurrucarme a llorisquear.

Hoy, con tono de broma, me preguntaba Laura si no me daba vergüenza que hubieran pasado tantos días sin que escribiera en mi blog. Y sí, da vergüenza; me dejé estar. ¿Pero cómo sigo ahora?

Uf, qué depre.

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