jueves, 15 de mayo de 2008

Otro año sin Feria del libro

Este año no fui a la Feria del Libro. Lo digo con cierta culpa, a modo de confesión. La verdad es que tenía ganas de comprarme un diccionario y de curiosear las ofertas, pero no me dio el tiempo y no fui.

No recuerdo la primera vez que fui a la feria; habrá sido con el colegio, supongo. Íbamos con las profesoras de Lengua y Literatura y yo me sentía en mi ámbito. Asistía a un colegio secundario comercial y se me hizo muy cuesta arriba la parte "comercial". Tenía un buen rendimiento escolar, era imposible que no lo tuviera siendo tan exigente como soy, pero no me sentía del todo cómoda. Me sentía un poco ahogada. Las excursiones a la feria eran como salir a respirar a la superficie. Me apasionaba la literatura, no había vuelta.

Recuerdo las indicaciones de las profesoras y después perderme en el mar de gente. Horas más tarde, llegaba a casa con miles de folletos y señaladores, y con algunos libros más en mi haber.

Lo mejor de estas excursiones a la feria era que íbamos todos los cursos juntos y entonces podía reunirme con la mayoría de mis amigas, con quienes asistía al Taller literario del colegio. Una vez acompañé a mi amiga y ahijada Gretel Nájera a un stand. Gretel miró el programa y me dijo: "Vamos al stand tal, que está Pipo Pescador, a ver si conseguimos un autógrafo". Pipo Pescador era uno de mis referentes de la infancia; no me asombró que la hermana de Gretel lo admirara también. ¿Cuántas veces habré cantado "Vamos de paseo/en un auto feo..."?

Fuimos las dos con la misma ilusión. Llegamos al lugar. Pipo Pescador estaba ahí. Nos acercamos a él y un tipo salió al paso y nos dijo que no podíamos hablar con él. "¿Cómo que no? Somos admiradoras". El tipo, con cara de estar tragando mocos, nos explicó que sólo le firmaba a los que compraran el libro. Gretel sacó la billetera y le compró el libro a su hermanita. Y nos volvimos las dos decepcionadas.

Creo que fue en esa misma feria que hice una cola larguísima para que Bioy Casares me firmara un ejemplar. La cola era tan larga que tuve muchísimo tiempo para pensar en qué decirle cuando me tocara el turno. Pensé cientos, miles, de estupideces del estilo de "soy su admiradora", o de mentiras, como "leí todos sus libros"... Al final, me tocó a mí y no hice más que estrecharle la mano. Un hombre sencillo y casi frágil. Lo recuerdo así.

También recuerdo otra feria en la que hice como cuarenta minutos de cola para escuchar a Ray Bradbury, pero a último momento se canceló la charla.

Otra vez, en épocas de la facultad, la feria me hizo sentir una bebé de pecho. No me voy a olvidar más. Fui cerca del mediodía; seguramente después del trabajo (cuando trabajaba medio día). Fui al patio de comidas y me pedí una cerveza y un sándwich; moría de hambre. Después de comer, me iba a largar a recorrer. La cajera me miró y me dijo: "Vos sos menor, ¿no?", y me preguntó cuántos años tenía. "Veintitrés", le contesté, "pero te puedo mostrar el documento, si necesitás". Todo, con mi peor cara. La chica se disculpó y preparó mi pedido. Después me reí, pero en el momento me causó indignación.

La última vez arreglé con una amiga de Sergio para ir. La peor experiencia de todas, no por ella, claro. Yo quería ver y ella quería comprar. Yo tenía poca plata y ella mucha. Fue imposible, inaguantable. Creo que para ir a la feria hay que ir con alguien que comparta intereses; de otro modo, es imposible. Uno saltea stands y el otro se detiene. Uno espera y desespera; el otro está compenetrado mirando los libros. Es imposible y aburrido. Volví con un libro de flores autóctonas y otro más, que ahora no recuerdo, y, por supuesto, los nervios a la miseria.

Este año no sumé recuerdos. Mm, tendré que esperar otro año más.

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