viernes, 11 de abril de 2008

La lluvia

Es inevitable. Me puse ojotas para venir a trabajar y afuera se está armando el ventarrón. Se viene la lluvia, sí, sí. Es una regla fija: me pongo ojotas y traigo una bolsa de papel (para el táper o para los libros que chango de acá para allá) y llueve. Bueno, hoy lo de la bolsa no se cumplió; es de plástico.

Tengo muchos poemas sobre la lluvia. Es un poco fácil escribir sobre la lluvia, pienso. Sobre los fenómenos meteorológicos en general. Y es muy atractivo. Son cosas que están allí, que no pasan inadvertidas. Uno no puede salir un día de lluvia y no sentir nada.

La observación de la naturaleza debería ser, en mi opinión, una de las principales características de un poeta. Curiosidad y observación. Sin esto, sería imposible escribir algo decente. Un poeta tiene que tener los pies en la tierra, pero no para ser sensato, sino para no olvidarse de dónde vino y adónde volverá.

Hace años, conversaba con una compañera de la facultad, Guadalupe Pérez, una mujer de campo de un carácter firme y sensible a la vez a quien me encantaría volver a cruzar en la vida, y decíamos que en el campo uno está cerca de la naturaleza y lo que ve son obras de Dios. Entonces es más sencillo tener una vida espiritual. Pero en la ciudad uno se pierde en las obras del hombre: autos, edificios altísimos, aviones.

En lo personal, siento una profunda afinidad por los poetas de la naturaleza. Recuerdo ahora algunos poemas como "El grillo", de Conrado Nalé Roxlo, y "Oda al elefante", de Pablo Neruda. Poemas cuya lectura sentó ciertas bases para mi escritura.

Mm, ya huelo la lluvia. Te dejo leyéndola.


Te voy a esperar.
Para cuando vengas, habré atardecido un tanto
y mis árboles estarán en flor,
corola abierta,
quizá breve olor a lluvia me teñirá los párpados.
Pero las sombras se irán
cuando vengas.

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