miércoles, 9 de abril de 2008

Insomnio

Dicen que las casualidades no existen. Pues bien, en mi mesa de luz, estos últimos días tuve dos libros: Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y 374, de Eugenia Coiro. Algo tienen en común, es verdad. Ambos denuncian algo adentro, algo que no queremos ver y que se está pudriendo. Claro que noté un poco más de optimismo en el de Coiro. Evidentemente, aunque somos de la misma generación con Eugenia y cargamos a cuestas una guerra, la de Malvinas, no tiene la misma carga que la guerra civil que vivió Alonso. Esa guerra que le provocó un desconsuelo profundo, un desencanto total. El hombre, para él, era un ser sin Dios, puesto en el mundo a esperar su propia muerte, y debía convivir con el sinsentido. En Coiro, eso no está. Era de esperar, son tiempos, contextos diferentes. Y sin embargo, les veo cuestiones en común. Más adelante escribiré una reseña sobre 374. Se la debo.

Hoy quiero detener mi lectura (y la de ustedes, si me lo permiten) en este poema que abre Hijos de la ira. A ver qué tiene para decirnos.

Insomnio
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso, Hijos de la ira, Barcelona, Editorial Labor, 37-38.

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