lunes, 21 de abril de 2008

El general Quiroga va en coche al muere

Un poema que se presta para trabajar adjetivación en talleres literarios es "El general Quiroga va en coche al muere", de Jorge Luis Borges. El texto, cuidado en extremo y con palabras precisas como un bisturí, me gusta especialmente por su ritmo y por la elección de adjetivos.

Son muchos los docentes de redacción y de literatura que martillan con aquella frase famosa de Vicente Huidobro ("El adjetivo, cuando no da vida, mata"). En pocas palabras, está bien visto reducir los adjetivos al máximo. Desadjetivar, en una palabra.

Ésta es una cuestión sobre la que tuve que reflexionar profundamente a raíz de mi propia escritura. Como la mayoría de los escritores, hice mis primeros pinitos en la escritura con una alarmante plaga de adjetivos. No daban vida. Y me daba cuenta de que algo ocurría por allí, algo sonaba mal. Hasta que me crucé por primera vez con la frase de Huidobro y me dediqué a podar.

Las podas no son malas. Por lo general, dan mayor vigor a lo que escribimos. Sacamos los yuyos y nos quedamos con lo que vale. Soy partidaria de las podas, las practico y, si me lo permiten, las recomiendo.

Sin embargo, la lectura de los grandes escritores me llevó a una segunda instancia en cuanto a la adjetivación. El adjetivo tiene un valor incalculable en la lengua. Suma y mucho. Y creo que ya va siendo hora de jerarquizarlo, de darle el sitio que se merece en la escritura.

Está muy de moda el verbo "demonizar". Pues bien, no demonicemos al adjetivo. No forma parte de las fuerzas del mal. Tiene una función bien clara en el sistema de la lengua y considero que la mejor manera de defenderlo y de jerarquizarlo es justamente dominar su uso.

Como decía al comienzo de este artículo, este poema de Borges es un excelente ejemplo del buen aprovechamiento del adjetivo. ¿Por qué? Noten que, contra todo lo que podría esperarse de un buen texto, hay un sustantivo ("galerón") que está modificado por tres adjetivos. Un sustantivo, tres adjetivos: parece ir en contra de todo lo que nos recomiendan los docentes de redacción, ¿no? Este uso demuestra claramente que un buen uso del adjetivo no reside tanto en la cantidad de veces que lo utilizamos, sino en la propiedad con que lo elegimos.

Bueno, los dejo con “El general Quiroga va en coche al muere”. A modo de introducción, les comento que Borges toma para su poema el momento en que matan, en su galerón, al caudillo Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Pero pueden no saber nada de historia que el efecto es el mismo.

El general Quiroga va en coche al muere
El madrejon desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frio del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.

El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galeron enfatico, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.

Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.

Esa cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿que ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.

Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?

Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de punialadas lo mentó a Juan Manuel.

Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.

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