martes, 5 de febrero de 2008

Olguita, poeta y planchadora

Cuando la conocí, Olga era nada más que una señora que se ganaba la vida planchando. Como mamá trabajaba y estaba todo el tiempo afuera de casa, contrató a Olga para que la ayudara a planchar. Venía los jueves a la tarde, creo. Ella planchaba y yo hacía la tarea para el colegio.

Olga era prolija. Prolijísima. Y si hubiera una palabra superior a "prolijísima", la describiría muy bien. Tenía el pelo corto, entrecano, la cara llena, la voz aguda y unas uñas largas muy bien cuidadas. Olga era uruguaya, estaba casada y tenía varios hijos. Le gustaba cantar. Cantaba mientras planchaba y eso nos alegraba a las dos.

Pasados los primeros jueves, el hielo entre nosotras se derritió. Y me contó que escribía poemas. Que había perdido a sus padres de muy joven. Que su padre nadaba muy bien. Y que su madre había tenido una enfermedad de los pulmones. El marido de Olga era mucho mayor que ella, pero seguían haciendo el amor como cuando eran adolescentes. Una de sus hijas había viajado al exterior y se había quedado allá. Otra había formado su familia acá en Buenos Aires. Su único hijo varón era adolescente cuando la conocí a Olga, era el segundo; el primero tenía cerca de siete años cuando ocurrió aquel accidente (murió en el acto).

Es claro, la vida de Olga había sido muy dura. Pero ella cantaba cuando planchaba. Una vez había cantado en la tele de Uruguay, creo, en un programa. ¿Cómo podría describirles su voz? El estilo era más bien español, del tipo de flamenco. Esos quiebres en la voz hacía ella. Y me gustaba escucharla.

Recitaba de memoria sus poemas. Y eso también me gustaba. La admiraba por eso; ¡yo nunca había podido memorizar ni uno solo de los míos! Los nuevos los escribía en papeles de cuaderno, con letra cursiva muy prolija y femenina. Los llevaba dobladitos en el pantalón y, cuando la plancha y el estudio estaban aburridos, hacíamos una pausa. Entonces los sacaba y me leía.

Después ella dejó de ir a lo de mi mamá. Me parece recordar que fue por un problema de salud. Hoy no sé qué es de la vida de Olga, pero el tiempo que pasamos juntas me alcanzó para quererla.

Para que la conozcan, les dejo aquí uno de los poemas que solía recitar de memoria. Ya verán por qué me emocionaba tanto.

La pequeña soledad
Yo ya no soy tan chiquita
no me pueden engañar
y yo sé que mi mamita
se fue al cielo con papá.

La abuela llora a escondidas
y cree que no la escucho
pero cuando yo me acuesto
la oigo que llora mucho.

Y me siento tan solita
a pesar de su cariño
no es igual a mi mamá
que hacía cuentos de niños.

Pero yo la quiero igual
porque abuelita es tan buena,
me canta todas las noches
y me acaricia con pena.

Me arrodillo a cualquier hora
al lado de mi camita
y le pido a Jesusito
que la cuide a mi mamita.

Y cuando estoy muy dormida
empiezo entonces a soñar
y veo que mi mamita
está junto a mi papá.

Y los dos me miran mucho
y hacen mi cama volar
y los veo, los escucho
que me llaman Soledad.

Entonces cuando despierto
tengo ganas de cantar
y la abrazo a mi abuelita
como si fuera mamá.

Y ya no me siento triste
porque toditas las noches
cuando comienzo a soñar
vuelvo a encontrarme contenta
con mamá y papá.

***
Olga Beatriz Villar de Filgueira, nacida el 18 de diciembre de 1936 en Paysandú (Uruguay). Siempre se destacó por su inclinación a la escritura.

A la edad de 14 años, comenzó a escribir poesía. Casada con Américo José Filgueira, tiene tres hijos: Ana María, Sonia Beatriz y Fabián Andrés.

Premiada en el concurso literario de SUTERN por la poesía "Vivir".
Su tiempo libre lo aprovecha en la lectura y escribir tratando de sacar a la luz el caudal que encierra dentro de sí.
***

¿Te gustó leer a Olga? Podés leer más en Anuario Argenta de poemas 6, Buenos Aires, Editorial Argenta, 1993, páginas 100, 101 y 102.

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