lunes, 4 de febrero de 2008

Las nieves del tiempo platearon mi sien

Mi sabiduría se hizo carne. O mejor, se hizo pelo. Hoy el espejo, que nada perdona, me hizo sonreír. Me descubrí una cana, que creció oculta, apartada de mi mirada hasta ahora, vaya uno a saber por qué. Sí, una cana.

Y yo, chocha. (Ojo: no es "chocha" de "vieja chocha", sino "chocha" de "contenta"). Esto, por supuesto, lo digo sin sarcasmos ni ironías. Siempre quise tener canas. ¿Por qué?

Bueno, es que mi mamá siempre contaba que su abuela, la nonna Emma, tenía el pelo blanco y hermoso. Blanco ala se diría ahora, pero para mí siempre va a ser blanco Emma. No tuve el gusto de conocer a mi bisabuela, pero me hubiera encantado.

Sé que hablaba en italiano, y que no se acostumbraba a hablar en español. Que tenía el pelo blanco. Y que era muy prolija y coqueta. Cuando mi mamá me hablaba de ella, mi papá asentía. Y recalcaba eso de "muy coqueta".

Así, hoy cuando me miré al espejo y vi mi segunda cana (la primera me salió el día antes de mi cumpleaños de 27), pensé en la nonna Emma y no pude más que sonreír.

A modo de ilustración, te traigo un poema sobre canas que escribió José Martí.

No me quites las canas
No me quites las canas
Que son mi nobleza:
Cada cana es la huella de un rayo
Que pasó, sin doblar mi cabeza.

Dame un beso en las canas, mi niña:
¡Que son mi nobleza!

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