lunes, 26 de noviembre de 2007

La flor de Olmedo

Que de noche le mataron
al caballero,
la gala de Medina,
la flor de Olmedo.
Sombras le avisaron
que no saliese,
y le aconsejaron
que no se fuese
el caballero,
la gala de Medina,
la flor de Olmedo.

Esto lo escribió Lope de Vega hace mucho. Y esto estuve a punto de cantarle a viva voz a una persona el jueves pasado en pleno centro, y no me animé.

Estaba en el centro de Buenos Aires, iba por la calle Perú, que se hace más angosta después de cruzar Belgrano. Casi llegaba a la esquina de la Manzana de las Luces cuando la vi. Sí, ahí parada en el medio de la vereda: mi profesora de Literatura Española I.

Una anciana mucho más baja que yo, con sus anteojos de siempre, el pelo cano y corto como cuando la conocí. Estaba ahí parada, como esperando a alguien. Busqué con la vista a la hermana, que siempre la acompañaba a todos lados, pero no la vi.

Esta mujer daba toda la impresión de una monja. Las polleras siempre largas, zapatos cerradísimos y en punta, de negro obligado, camisas cerradas hasta el último botón, cruz en el pecho, el pelo corto súper prolijo, la voz finita.

Dije antes que la hermana la acompañaba a todos lados y esto era así porque mi profesora no veía bien. Bueno, es un modo cortés de decirlo. La cosa es que casi se había quedado ciega. Entonces la hermana la ayudaba a ir de una clase a otra, le llevaba los papeles y esas cosas. Algo entre lazarillo y asistente, en el buen sentido.

Enseñaba a Lope de Vega, a Cervantes... Y cuando nos habló de la obra de teatro El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, nos llevó un grabadorcito y nos hizo escuchar la canción cuya letra figura más arriba, cantada por ella y por la hermana, que estudiaba y sabía mucho de música. Una canción popular. Después repartió la letra y logró, no sé si por autoritarismo o por compasión, que personas de 21 a 50 años cantáramos con ella a viva voz y que, minutos más tarde, repitiéramos la experiencia, lo cual quedó grabado después de la versión de ella y de la hermana. Vaya uno a saber si eso sigue en algún lado.

El hecho es que yo venía por Perú y ahí estaba ella. Y como siempre ando cantando esa canción, la vi y fue algo automático, la canción pujaba por salir. Y me dije: "Me paro al lado y, por más que no me vea, le canto la canción y le digo que me acuerdo mucho de ella". No sé, algo por el estilo, algo lindo. Creía que cantarle iba a causar una honda impresión. Figúrense: nadie anda cantando los versos de Lope de Vega por ahí.

Apreté el paso y cogoteé para ver si estaba la hermana. Cerca de ella había un taxi y alguien medio agachado en la puerta de atrás, como queriendo sacar algo pesado del asiento o del piso. Muy bien, estaba con alguien más. Empezó a haber mucha más gente en Perú. ¿De dónde salió toda esta gente? Y cómo voy a cantarle si me están empujando. ¿Qué hago, qué hago? Yo le canto, qué importan los que están atrás, que esperen.

Faltan unos diez pasos, más o menos. Ahí me di cuenta de que no me acordaba del nombre de mi profesora. ¿Y qué le digo entonces? ¿Profesora? ¿Y no le digo el nombre? ¿Le canto y sigo de largo? Sí, total no me ve.

Cinco pasos. Un tipo me pasó y pasó al lado de mi profesora. Parecía de mármol, quieta en el medio de la vereda. ¿Y si no es ella? Pero es igual, date cuenta. ¿No ves que está idéntica? Es ella... ¿pero cómo se llama, por Dios?

Tres pasos, dos, uno. Y no me animé. Pasé al lado de mi profesora como una salamita. Encima, sin querer le pegué de costado con la cartera, le pedí disculpas casi sin voz y seguí de largo. Al llegar a la esquina, sentí vergüenza. ¿Ahora, justo ahora me voy a dar cuenta de lo gallina que soy? No, ahora vuelvo y lo hago lo mismo. Le canto el caballero de Olmedo y sanseacabó. Hago como si tuviera que ir para el otro lado y listo. Total no me vio. Vuelvo, sí, mejor vuelvo.

Pero se encendió la luz verde del semáforo y crucé.

Tal vez nunca nadie le dijo a esta profesora que le había gustado El caballero de Olmedo o sus clases. Tal vez la profesora muere mañana. Tal vez no, pero quizás ésa fue la última vez que la voy a ver en la vida. ¡Y yo, como una cobarde, huí! ¿Por qué, por qué?

Menos mal que me gusta cantar...

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