martes, 3 de julio de 2007

Borges, Borges, siempre Borges

¿Saben qué? No le tengo miedo a Jorge Luis Borges.

Lo leí antes de saber de la fama detrás del nombre. Eso fue bueno: esa fama no me contaminó ni me predispuso. Me gusta porque me gusta, no por lo que digan los críticos. Él mismo decía que para conocer a un autor, para gustar de una lectura, hay un tiempo, y ese tiempo es personal.

Leí "El brujo postergado" a los trece años, más o menos, y subrayé el setenta por ciento de las palabras porque no las conocía... Aún así, diccionario de por medio, me gustó. Cuando llegué a "Las ruinas circulares", me terminé de convencer de que tenía mucho que aprender de ese tal Borges. Por eso no le tengo miedo. Fue mi maestro.

Y sí, si tuviera que irme a una isla, me llevaría Ficciones. Y, claro, este poema dobladito en un bolsillo.

El general Quiroga va en coche al muere
El madrejón desnudo ya sin una sed de agua
y una luna perdida en el frío del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.

El coche se hamacaba rezongando la altura;
un galerón enfático, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.

Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.

Esa cordobesada bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.

Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?

Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano
y una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel.

Ya muerto, ya de pie, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenos iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.

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